El fundamento último y la justificación definitiva de nuestra consagración es la persona de Jesucristo. Pretendemos reproducir en nuestra vida su modo histórico de vivir enteramente para Dios y para los hombres. Por eso seguir a Cristo es la regla suprema de nuestra vida, que intenta revivir y prolongar sacramentalmente en la Iglesia a Cristo virgen, pobre y obediente,que comparte su existencia con los apóstoles
Constituciones nº 2

“Fijos los ojos en Cristo…”, dirá San Pablo, y las Esclavas Carmelitas no queremos caminar de otra forma que con la mirada puesta en el que nos ha amado hasta el extremo. Sus huellas se hacen señal luminosa, su estilo configura nuestra persona, su paso marca nuestro ritmo… Seguir a Cristo se convierte para nosotras en profesión y proyecto de vida. Es Él nuestro centro vital, quien unifica todas las fuerzas de nuestra persona y nos afianza en lo que somos y estamos llamadas a ser.
Con San Columbano podemos repetir: “No pedimos que nos des cosa distinta de Ti. Porque Tú eres todo lo nuestro: nuestra vida, nuestra luz, nuestra salvación, nuestro alimento, nuestra bebida, nuestro Dios. Infunde en nuestros corazones, Jesús querido, el soplo de tu Espíritu e inflama nuestras almas en tu amor, de modo que dada una de nosotras pueda decir con verdad: Muéstrame al amado de mi alma, porque estoy herida de amor.”