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Impulsadas por el Espíritu a reproducir el género de vida que Jesús eligió para sí, hacemos de los consejos evangélicos el estilo propio de nuestro vivir, para llegar a ser presencia viva y sacramento de la vida de Cristo en la Iglesia y en nuestra sociedad. Sólo a impulsos del Espíritu Santo puede nuestra fragilidad llegar a comprometerse de este modo; sólo invadidas por su amor y seducidas por la belleza que pone ante nuestros ojos, podemos elegir el camino de Jesús y mantenernos en él día a día. Abrazar los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia es fijarse en las tres dimensiones más hondas del vivir humano de Cristo y seguirlas radicalmente. Es empaparse de su vida, imitar su estilo de amar y servir; es rastrear sus huellas y poner los pies sobre ellas; es configurar nuestro “disco duro” para que no sepa sino reproducir a Cristo, ser signo vivo de su presencia, de sus gestos, de sus actitudes, de su amor. La Iglesia y la sociedad necesitan de estos signos visibles, por eso Dios no cesa de llamar a hombres y a mujeres que, con Cristo y como Él muestren al mundo la ternura y la misericordia de su amor siempre fiel. “Juntos andemos, Señor, por donde fueres debo de ir, por donde pasares tengo de pasar. Juntos andemos, Señor.” (Teresa de Jesús, CV. 26, 6)
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