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Siempre estamos en espera de cosas. Esperamos acontecimientos y nos preparamos muchas veces a esos acontencimientos; unos nos llenan de ilusión y los esperamos con cierta emoción, esperamos otros que en realidad no son agrad ables, pero los intentamos vivir lo mejor posible “esperando” que pasen pronto. “Esperamos” resultados de pruebas, resultados de exámenes que nos digan que nuestros esfuerzos han sido recompensados. “Esperamos” un fin de semana, o “esperamos” ver a nuestros amigos, hablar con ellos, compartir... Nuestra vida está entretegida de esperas y algunas las esperamos con la ilusión de saber que son un gran premio que responde en cierta medida a nuestros esfuerzos, nuestros méritos.
El Adviento es un tiempo de espera y esperanza. Sin embargo es una espera de algo que en realidad se nos regala sin merecerlo. Y, como en todas las cosas de Dios, tiene una lógica completamente contraria a lo que es lo lógico en el mundo en que vivimos. Porque aquí, como dice Sor Isabel de la Trinidad, “el más débil, incluso el más culpable, es el que más motivos tiene para esperar”. Y una espera de las buenas, de esas esperanzas que vienen cargadas de alegría. Es esperanza para los que más ruines se ven, para los que más pecadores se sienten, para los que más infieles se reconocen... Sí, porque al que esperamos es al que viene a salvarnos de todo ello. Sí, SALVARNOS, y más salvación tienen los que más necesitados de ella se ven y se sienten.
Dios mismo es el que viene a salvarnos, sí, Dios, aquel Dios que muchas veces se nos antoja enojado, castigador, vengador de nuestros pecados... Es Él precisamente el que viene a decirnos que Él no es así, que Él es en realidad AMOR, y para que no huyamos de Él por la imagen que a veces nos creemos de Dios, bien haciéndose un bebé.
Un bebé es la imagen de lo más tierno y lo que más nos enternece al ser humano. Ante un bebé se nos cae la baba y nos mueve a amarlo gratuitamente. Y cuando fija en nosotros su mirada y nos regala una sonrisita, nos sentimos como si nos hubiera tocado el mejor premio, nos hace olvidarnos de lo que nos rodea y nos hace vivir con intensidad ese presente que dura un instante. Pero ¿te has preguntado alguna vez por qué ante un bebé su mirada y su sonrisa son el mejor premio (del que a veces nos ufanamos que me ha mirado y sonreido a mí) y sin embargo cuando lo recibimos de otra persona ya no tiene el mismo sentido? Pues así es Dios, se hace aquello que nos mueve a amar y al mismo tiempo nos llena de amor.
Durante el Adviento lo que hacemos es intentar tomar conciencia de esa realidad, abrirnos a su Amor, a su Salvación, dejarnos premiar por algo que no es para nada mérito nuestro. Y es mayor cuanto menos mérito tenemos. Sólo tenemos que reconocerlo de verdad y tener la valentia de aceptarlo.
¡¡¡¡VIVE DE VERDAD TU TIEMPO DE ESPERA Y ESPERANZA!!!!
Hna. Marta
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