A veces pasa que empezar algo nuevo desde cero cuesta un poco, porque tienes que habituarte otra vez a lo diferente, sorprendente y por qué no, apasionante.
Si empezar un curso supone una novedad por la de proyectos que se nos ponen por delante, lo supone mucho más si como yo además
cambias de destino: ¡tantas cosas cambian! Pero también es cierto que como los caminos de Dios no son los nuestros, siempre nos revela secretos que desciframos día a día y que al final terminan siendo una aventura.
Y todo esto ¿para qué…? Para decirnos a los que pasáis por nuestra página que seguro que si nos dejamos guiar, Dios nos propone grandes retos este curso y que con Él lo podemos todo. Me gustaría no dejar de sentirme como un niño cuando va al colegio estrenando sus zapatos nuevos y animaros a que también vosotros lo hagáis: tú te pones los zapatos nuevos y Él te marca el camino porque en realidad. Él es el camino, la verdad y la vida siempre y en todo momento.
Parece una paradoja: cambio de destino pero el mismo camino. Y ciertamente Dios es así, cuando menos lo esperamos lo revuelve todo para empezar de nuevo, y así nos ayuda a crear vida, a inflar de nuevo nuestras velas, a dejarle a Él el timón para llevarnos rumbo a tierra, la tierra que nos promete y que hace fecunda si nos dejamos empapar.
Estos días cuando me ponía en camino a mi apostolado iba pensando en todo eso nuevo y genial que me ocurre como novedad: la Torre de Mangana que ahora escucho cada hora cuando suena, el río que corre con su agua juguetona y sus patos mientras voy camino del colegio para encontrarme con un montón de niños, la parroquia con tantas novedades, la gente, mis diez hermanas de comunidad, cada una distinta pero todas especiales, los amigos, los paseos, los paisajes, los detalles pequeños… y Dios en cada cosa.
En todo esto, me dejo aconsejar por una amiga entrañable: Sta. Teresita del Niño Jesús: que mi palanca y nuestra palanca sea la oración, la que nos hace vivir continuamente en el amor, y la que nos empuja a unirnos de manera íntima a Aquél que cautiva nuestro corazón.
Hna. Leticia