COMPARTIMOS VIDA
     
La culpa es de Dios
   

Me han pedido que escriba por qué y cómo es que estoy aquí. Lo primero que tengo que decir es que la culpa es de Dios. Cuando Dios habla no suena como una voz en off. Cuando Dios habla, es como si te estuviese tocando. Entonces, no es una voz fácil de ignorar, fácil de negar (si eres sincera contigo misma), fácil de olvidar. Es una voz que deja huella. A mí su voz me sonó a orden, dentro del caos interno en que vivía, me sonó a que me estaba esperando, a que llevaba tiempo buscándome. A partir de entonces, no os voy a mentir, casi todo se ha basado en caminar.

Dar pasos en su expresión concreta significa tomar decisiones. En todos los ámbitos de mi vida. Empezando por lo más sencillo.

No decidí ser monja de un momento a otro. Sí decidí abandonarme a su Providencia. Y todo lo demás vino poco a poco, en la oración, en lo cotidiano de cada día, en el vivir más cómo Él me sugería que como yo prefería, en el discernimiento, en la búsqueda incesante del Dios que se encarna todas las mañanas para mí, de una manera nueva y distinta. Así que, cuando el 31 de agosto, me planté en las puertas del convento para quedarme allí, todo era natural, todo era lógico y tenía sentido. Mis hermanas me han acogido con un cariño difícil de expresar con palabras y yo sigo caminando con los ojos fijos en el Dios de mi vida, que sigue tocándome y provocándome con su Palabra y que me da el pan de cada día para seguir caminando.

Ahora quiero saludar: A todos mis amigos y amigas que me han cuidado tanto, que me han animado tanto, que me han consentido tanto; a los que me habéis escuchado hasta el infinito, los que con vuestra entrega habéis animado mi entrega, a los que me habéis enseñado que el seguimiento de Cristo es lo que construye una vida plena; y a mis padres y mi hermana, que han entregado lo que más querían en el mundo y ahora me echan mucho de menos (como yo a ellos) aunque a todos nos cueste reconocerlo.

Alba Rodríguez Segovia