Si vivimos, vivimos para Dios  
         
         
         
         
         
         

           

A pesar de haber transcurrido los días, la vivencia del 7 de noviembre fue tan fuerte que todavía hoy está presente. Realmente, “el Señor ha estado grande con nosotros” y lo sigue estando, porque cada día puedo palpar su misericordia, su bondad, su perdón, su amor. Él me sostiene cuando estoy al borde del abismo. Él conduce mis caminos y estoy alegre.
            Recuerdo momentos previos al comienzo de la ceremonia: necesitaba estar con Él a solas. Me fui a la Capilla del Santísimo y allí, una vez más, reafirmé mi entrega en el silencio e intimidad del lugar. Le dije: “Aquí me tienes. Me hubiera gustado venir con un traje adornado de virtudes, pero lo único que puedo presentarte son harapos. A pesar de todo, aquí me tienes. Haz de mí lo que quieras”.
            Luego llegó Pilar, la profesora de canto, y las hermanas para calentar la voz. Según se acercaba el momento, mis nervios se acentuaban. Es más, una vez colocadas para la procesión de entrada, me volví a la Madre Eva para decirle: “tengo ganas de llorar” (¡los nervios, claro!) y me dijo: “pues llora”.
            Muchos habéis comentado el bien que os hizo el momento de las letanías. Para mí también fueron muy especiales, porque, postrada en el suelo e implorando la intercesión de los santos, vinieron en mi ayuda y, a partir de ese instante, mi tensión desapareció y mi entrega fue más consciente que antes.
            Era –y es- Cristo el que me urgía a acercarme a la Madre para emitir mi profesión. Cada palabra no era sólo leída, sino que era fuego que ardía en mi corazón y que impulsaba mi entrega: consagrada en el Espíritu Santo al Padre por su Hijo Jesucristo y entregada con toda mi alma a este Instituto de Esclavas Carmelitas de la Sagrada Familia. A ellas, a mis hermanas, quiero darles las gracias; a mi Instituto que me alienta, me acoge, me enseña y me cuida como una madre. GRACIAS.
            ¡Y todavía hay gente que se pregunta si Dios existe! (está bien que lo hagan por que es de inteligentes preguntarse). Para mí, ésta es la respuesta: ¿cómo unas criaturas tan pobres y limitadas pueden tener deseos infinitos de entrega y donación yendo contracorriente en este mundo, si Dios no existiera? Mi vida, la de mis hermanas y la de tantas otras consagradas, es lo que confirma que Dios existe.
            Nuestra pasión por Cristo, nuestra entera disponibilidad, nuestro servicio al Evangelio,… gritan al mundo que Dios vive y vive entre nosotros.
            Que Dios os bendiga a todos y que la mirada de la hermana Rosa siempre nos acompañe como lo ha hecho siempre. Que ella desde el Cielo interceda por todos los que peregrinamos hacia la ciudad eterna.