El principio de una llamada
         
   

La pobre barca de Simón está amarrada en la playa. Simón lava y remienda sus redes; redes vacías después de una noche de duro bregar. Alguien se acerca a Simón, al recio pescador de Galilea; Alguien que le saca de su fracaso. Sube a su barca y Simón lo separa de la orilla. Habla a las gentes desde su barca y Simón escucha en silencio. Luego es a él, a Simón, a quien le dirige la Palabra. Es un mandato: “Rema mar adentro”. Y Simón se revela, “protesta”, dice… pero obedece, acoge la Palabra de Jesús y la hace Evangelio de vida. Y lanza de nuevo sus redes solamente por docilidad a su Palabra. Y el asombro le deslumbra. Una noche sin pescar con duro trabajo y ahora, en unos instantes, una gran pesca y sin esfuerzo… Y Simón se rinde: “Apártate de mí, que soy un pecador”. Jesús ha tocado con su ola recia ese corazón noble y limpio de Simón. Lo ha cambiado. Será pescador de hombres. Y se llamará Pedro, firme como una piedra. ¿Y ahora qué?

Pedro lo deja todo y lo sigue. Abandona su barca y la deja junto a la playa. Abandona sus redes y las deja junto a su barca. Ahora se embarca en otra aventura no menos apasionante que la anterior, no con menos trabajo, no con menos disgustos, insatisfacciones, riesgos… pero al mismo tiempo le llena de gozo, de entusiasmo, de…

Pedro se lanza a ese mar inmenso aún sin entender nada, sin saber quien es ese Jesús a quien sigue, ni tampoco sin entender muy bien qué quiere de él, está aún bajo el asombro, bajo la admiración, que le hacen dejarlo todo, decir sí sin saber qué le espera, sin preguntarse por el mañana, simplemente confía.