“Amado Señor, ayúdame a esparcir tu fragancia allí donde vaya.
Anega mi alma con tu espíritu y vida.
Impregna y posee todo mi ser,
hasta que mi vida sea mero resplandor de la tuya.
Resplandece en mí y sé en mí,
para que todas las almas que me rocen
sientan tu presencia en mi alma.
Deja que alcen la mirada y ya no me vean a mí, sino a ti, oh Señor.
Quédate conmigo y empezaré a brillar como Tú brillas,
con un brillo que iluminará a los demás.
Y esa luz, oh Señor, saldrá de ti, no será mía;
serás Tú, iluminando a los demás a través de mí.
(…) Deja que predique sin predicar,
no a través de la palabra, sino de mi ejemplo,
de una fuerza arrebatadora,
la influencia de la compasión en lo que hago,
la patente plenitud que el amor de mi corazón te profesa.”
(Cardenal J. H. Newman)