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Te ofrecemos distintas maneras de orar, de hablar con Dios, con el Amigo que sabemos nos ama, como diría Santa Teresa.
La oración es un camino. Orar es una gran aventura y un gran misterio que todo cristiano debería vivir con intensidad. Orar es acercarse a Dios para entablar un diálogo amoroso. Orar es amar, reír, llorar, soñar, pero también es comprometerme, responsabilizarse, confiar, esperar... Orar no es pasar un rato tranquilo en que pienso en mis cosas, en mis problemas, en la gente que quiero. Tampoco es una receta contra la "depre", ni una "pastilla" que me permita dormir tranquilo. Orar no es pedirle a Dios que me dé lo que me toca de la "herencia", por ser su hijo; no es jugar con Dios a través del " si me apruebas los exámenes, te pongo dos velas"; Orar no consiste en buscarme justificaciones a las cosas que hago bien o mal; orar no es culpabilizarme de todo lo que pasa a mi alrededor. Orar es querer encontrarse con Dios, es vivir por los demás; orar es huir de los falsos sueños pero vivir por la utopía del Reino de Dios; orar es desear buscar dentro para sacar fuera y compartir con los demás; orar es investigar en lo profundo de mi personalidad; orar es entregarse. La oración es un don y una gracia que nos concede Dios y que hay que pedir insistentemente. Por ello es tan importante la disposición interna y externa. Debemos disponer toda nuestra persona para este encuentro con Dios a través de la oración. Para ello es necesario hacer como si todo dependiera de mi, pero al mismo tiempo sabiendo que todo viene de Dios. Os animo a que poco a poco os vayáis sumergiendo en esta estupenda aventura que supone la oración. Y os aseguro que no os arrepentiréis de haberla comenzado. NO HAY CAMINOS PARA LA ORACIÓN, LA ORACIÓN ES EL CAMINO.
1.- COSAS A TENER EN CUENTA A LA HORA DE HACER ORACIÓN Antes de comenzar a hacer oración es importante que cuidemos tres cosas que ayudan y son básicas :
- La postura corporal. - La relajación. - La concentración.
A) LA POSTURA CORPORAL. Como os podéis imaginar la postura corporal es algo muy importante a la hora de ponernos a orar. Y aunque parezca que es algo estúpido, no lo es. También es cierto que cada persona debe ir buscando y hallando cual es la postura que le facilita más ese encuentro con Dios. Y debemos recordar que la oración con los gestos es muy importante, por aquello de que una imagen vale más que mil palabras. La postura que parece la más acertada, tanto fisiológicamente como psicológicamente, es la siguiente: - La persona sentada tocando perfectamente con las plantas de los pies en el suelo, formando un ángulo recto con sus piernas. - El respaldo de la silla debe ser recto, para que el tronco, la cabeza y el cuello estén en línea recta; nunca rígidos. - Las manos, o bien dejadas sobre las piernas, con las palmas hacia arriba, o la mano derecha sosteniendo a la izquierda, tocándose los dedos pulgares, recogidas en el regazo. - Los ojos, cerrados o fijos en un punto, a un metro o poco más de distancia. De cualquier forma que ores, lo principal es que sea una postura en la que puedas permanecer el tiempo que va a durar la oración, sin tener que cambiar de postura, o cambiando las menos veces posibles. Recuerda que la postura corporal ha de ayudarte a relajarte, por lo tanto desechamos toda postura que sea tensa.
B) LA RELAJACIÓN. Es tan fácil y tan complicado como estar esperando con paz interior. En este apartado lo principal es tener presente a Dios, no es crear a Dios, Dios está siempre presente. Es caer en la cuenta de esto. Para comenzar debemos ir deshaciendo las contracciones musculares, que son impedimento para ponerse en contacto con Dios. La tensión nerviosa es uno de los principales obstáculos para comenzar la oración.
C) LA CONCENTRACIÓN. Consistiría en poner en práctica lo anterior, pero centrándome en una de esas sensaciones, o en la respiración... El ir realizando esto, provocará que poco a poco te vayas encontrando en disposición de encontrarte con el Señor, y desde ahí nacerá el diálogo.
Seguramente has oído hablar de los salmos. Te han dicho que no hay una oración tan acabada como la que brota del corazón de esos creyentes. Además, tú sabes que Jesús, María y los discípulos le rezaron a Dios recitando o cantando esos salmos. ¿Los podrás rezar también tú? En esta sección encontrarás algunos salmos, como referencia. Si los recitas despacio, sentirás que los salmos dicen lo que tú tienes en tu corazón. No podrás penetrar en toda la riqueza que encierra el salterio íntegro, pero gustarás lo mejor de los salmos y, sobre todo, aprenderás a hablar con Dios. Ambientación histórica El libro de los Salmos está formado por ciento cincuenta oraciones o cantos, de muy diversas épocas y autores, que se fueron agrupando en distintas colecciones hasta alcanzar su disposición actual. En su forma actual, la colección debía de existir ya en el s. III a. C.. Sin embargo, algunos de los salmos que la componen son muy antiguos, anteriores incluso al mismo Israel, que los supo recoger, adaptándolos a su fe y a sus necesidades religiosas. Podemos decir que la historia de la formación del salterio es la historia del pueblo de Israel, cuyos sucesivos momentos quedan aludidos o reflejados en los diversos salmos. Salmos - Oración de alabanza Bendito
sea el nombre del Señor - Petición de perdón Misericordia,
Dios mío, por tu bondad, - Oración de súplica Misericordia,
Señor, que desfallezco; - Oración de confianza El
Señor es mi luz y mi salvación ¿a quién temeré?
Uno de los hermanos de la comunidad de Taizé reflexiona sobre la participación
de los jóvenes en la oración; subraya tres dimensiones de la oración en Taizé las cuales
parecen resonar en su búsqueda.
«Tres veces al día, todo se detiene en la colina de Taizé: el trabajo,
los estudios bíblicos, los intercambios. Las campanas llaman para ir a la
iglesia a rezar. Centenares, a veces miles de jóvenes, de países muy
distintos procedentes de todo el mundo, rezan y cantan con los hermanos
de la comunidad. Cantos breves, repetidos largamente y que, en pocas
palabras, expresan una realidad fundamental rápidamente captada por la
inteligencia. Después se lee la Biblia en varias lenguas. En el centro de cada
oración común hay un largo momento de silencio, momento único de encuentro con
Dios. Nosotros, los hermanos, a menudo nos sentimos impresionados por
la capacidad que tienen los jóvenes de permanecer en nuestra iglesia a
veces durante horas en silencio o sostenidos por el canto meditativo. Los
jóvenes también a veces se asombran de ellos mismo cuando descubren hasta qué
punto han podido rezar en Taizé. Cuando se pregunta a los grupos que
encontramos al final de su estancia sobre lo que más les ha marcado, la respuesta
es rápida, sin vacilar: «¡la oración!» Y sin embargo hasta qué punto
quienes hablan con tanto entusiasmo de su experiencia de oración parecen a
primera vista poco «expertos». Ello impresiona aún más. Nosotros mismos, una vez
más, nos quedamos asombrados por ello.»
Para preparar un momento de oración
¿Para entrar en la oración, escoger uno o dos cantos de
alabanza.
Salmo Jesús rezaba estas antiguas oraciones de su pueblo. Desde siempre los cristianos han encontrado en ellos una fuente. Los salmos nos sitúan dentro de la gran comunión de los creyentes. Nuestras alegrías y nuestras tristezas, nuestra confianza en Dios, nuestra sed e incluso nuestras angustias encuentran una expresión en los salmos. Una o dos personas leen o cantan en solo los versículos de un salmo. Todos responden con un aleluya u otra aclamación cantada después de cada versículo. Si los versículos son cantados, sostenidos eventualmente por un gorgorito (melodía improvisada sobre el acorde final de la aclamación mantenida por la asamblea), éstos deben ser cortos, dos líneas generalmente; los versículos, si son leídos, pueden ser más largos. Se ha hecho una selección de versículos accesibles para cada oración. Si se utiliza otros salmos no se dude en escoger sólo algunos versículos, los más asequibles. No es necesario leer todo el salmo. Lectura Leer la Escritura significa acercarse «a la fuente inagotable que dispensa el propio Dios a los hombres sedientos» (Orígenes, siglo III). La escritura es una «carta de Dios a su criatura» que hace «descubrir el corazón de Dios en las palabras de Dios» (Gregorio el Grande, siglo VI). Para una oración regular se acostumbra a hacer una lectura continua de los libros bíblicos. Para una oración semanal o mensual escoger mejor textos mayores que no necesiten explicaciones. Cada lectura se introduce con «lectura de...» o «del Evangelio según san...». Si hay dos lecturas la primera puede ser escogida del Antiguo Testamento, de las Epístolas, de los Hechos de los Apóstoles o del Apocalipsis; la segunda es siempre la del Evangelio. Entre las dos lecturas se inserta un canto meditativo. Antes o después de la lectura será bueno escoger un canto que celebre la luz de Cristo. Durante este canto algunos jóvenes o niños se acercan con una vela en la mano para encender una lámpara o velón. Dicho símbolo recuerda que, incluso si la noche se vuelve densa, en la vida personal o en la vida de la humanidad, el amor de Cristo es un fuego que nunca se apaga. Canto Silencio Cuando intentamos expresar la comunión con Dios a través de palabras, la inteligencia encontrarse desprevenida. Pero, en las profundidades de la persona humana, por el Espíritu Santo, Cristo ora más de lo que podemos imaginar. La voz de Dios no se calla, pero no Dios nunca quiere imponerse, a menudo su voz se oye como en un susurro, en un soplo de silencio. Mantenerse en silencio en su presencia, para acoger su Espíritu, ya es orar. No buscar un método para obtener un silencio interior a toda costa, provocando en sí mismo como un vacío, sino dejar, en el silencio, que Cristo ore en uno con la confianza de un niño, y un día descubrimos que las profundidades de la persona humana están habitadas. En una oración común será conveniente tener un solo momento largo de silencio – de cinco a diez minutos – mejor que varios momentos cortos. Si aquellos que participan en la oración no están acostumbrados a un silencio así, será importante anunciarlo al final del canto que lo precede: «Continuaremos ahora la oración permaneciendo un momento en silencio.» Oración de intercesión u oración de alabanza Una oración hecha de peticiones o aclamaciones breves, sostenidas por un gorgorito y cadenciadas por una respuesta cantada por todos puede constituir como una «columna de fuego» en el corazón de la oración común. Por medio de las intercesiones nuestra oración se ensancha a las dimensiones de toda la familia humana: confiamos a Dios las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los humanos, de los pobres y de todos aquellos que sufren. Por medio de la oración de alabanza celebramos todo lo que Dios es para nosotros. Una o dos personas alternativamente expresan las peticiones o las aclamaciones de la oración, la cual estará introducida y marcada por un canto: Kyrie eleison, Gospodi pomilui (Señor, ten compasión); Te alabamos, Señor. Una vez terminadas todas las peticiones o aclamaciones escritas será bueno ofrecer a los participantes la posibilidad de una expresión espontánea para algunas oraciones que surgen de su corazón. Se estará atento a que sean breves y que se dirijan a Dios: no deberán ser transformadas en un diálogo horizontal en el que, creyendo hablar a Dios, se desea en realidad transmitir sus propias ideas a los demás. Se concluye cada una de las oraciones espontáneas con la misma respuesta cantada por todos. Padrenuestro Oración de conclusión Cantos Al final la oración puede prolongarse a través del canto. Para apoyar el canto un pequeño grupo permanece con los que desean continuar rezando. Los demás pueden ser invitados a un momento para compartir en pequeños grupos, en un lugar vecino, por ejemplo sobre un texto bíblico, con la ayuda de las «horas joánicas». En la Carta de Taizé, se proponen «horas joánicas» cada mes, es decir, un tiempo de silencio y para compartir a partir de un texto bíblico.
El valor del silencio¡¡¡ No tengas miedo al silencio ... ¡!!Silencio y oraciónSi nos dejamos guiar por el libro más antiguo de oración, los Salmos bíblicos, encontraremos en ellos dos formas principales de la oración. Por un lado, la lamentación y la llamada de auxilio, y por otra el agradecimiento y la alabanza. De un modo más escondido, existe un tercer tipo de oración, sin súplica ni alabanza explícita. El Salmo 131, por ejemplo, no es más que calma y confianza: «Mantengo mi alma en paz y en silencio… Pon tu esperanza en el Señor, ahora y por siempre.» A veces la oración calla, pues una comunión apacible con Dios puede prescindir de palabras. «Acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre.» Como un niño privado de su madre que ha dejado de llorar, así puede ser «mi alma en mí» en presencia de Dios. La oración entonces no necesita palabras, quizás ni reflexiones. ¿Cómo llegar al silencio interior? A veces permanecemos en silencio, pero en nuestro interior discutimos fuertemente, confrontándonos con nuestros interlocutores imaginarios o luchando con nosotros mismos. Mantener nuestra alma en paz supone una cierta sencillez: «No pretendo grandezas que superan mi capacidad.» Hacer silencio es reconocer que mis preocupaciones no pueden mucho. Hacer silencio es dejar a Dios lo que está fuera de mi alcance y de mis capacidades. Un momento de silencio, incluso muy breve, es como un descanso sabático, una santa parada, una tregua respecto a las preocupaciones. La agitación de nuestros pensamientos se puede comparar a la tempestad que sacudió la barca de los discípulos en el mar de Galilea cuando Jesús dormía. También a nosotros nos ocurre estar perdidos, angustiados, incapaces de apaciguarnos a nosotros mismos. Pero también Cristo es capaz de venir en nuestra ayuda. Así como amenazó el viento y el mar y «sobrevino una gran calma», él puede también calmar nuestro corazón cuando éste se encuentra agitado por el miedo y las preocupaciones (Marcos 4). Al hacer silencio, ponemos nuestra esperanza en Dios. Un salmo sugiere que el silencio es también una forma de alabanza. Leemos habitualmente el primer versículo del salmo 65: «Oh Dios, tú mereces un himno». Esta traducción sigue la versión griega, pero el hebreo lee en la mayor parte de las Biblias: «Para ti, oh Dios, el silencio es alabanza.» Cuando cesan las palabras y los pensamientos, Dios es alabado en el asombro silencioso y la admiración. Dios es silencioso, y sin embargo habla Cuando la palabra de Dios se hace «voz de fino silencio», es más eficaz que nunca para cambiar nuestros corazones. El huracán del monte Sinaí resquebrajaba las rocas, pero la palabra silenciosa de Dios es capaz de romper los corazones de piedra. Las manifestaciones poderosas de Dios le eran, en cierto sentido, familiares. Es el silencio de Dios lo que le desconcierta, pues resulta tan diferente a todo lo que Elías conocía hasta entonces. El silencio nos prepara a un nuevo encuentro con Dios. En el silencio, la palabra de Dios puede alcanzar los rincones más ocultos de nuestro corazón. En el silencio, la palabra de Dios es «más cortante que una espada de dos filos: penetra hasta la división del alma y del espíritu.» (Hébreos 4,12). Al hacer silencio, dejamos de escondernos ante Dios, y la luz de Cristo puede alcanzar y curar y transformar incluso aquello de lo que tenemos vergüenza. Silencio y amorCristo dice: «Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Juan 15,12). Tenemos necesidad de silencio para acoger estas palabras y ponerlas en práctica. Cuando estamos agitados e inquietos, tenemos tantos argumentos y razones para no perdonar y no amar demasiado y con facilidad. Pero cuando mantenemos «nuestra alma en paz y en silencio», estas razones se desvanecen. Quizás evitamos a veces el silencio, prefiriendo en vez cualquier ruido, cualquier palabra o distracción, porque la paz interior es un asunto arriesgado: nos hace vacíos y pobres, disuelve la amargura y las rebeliones, y nos conduce al don de nosotros mismos. Silenciosos y pobres, nuestros corazones son conquistados por el Espíritu Santo, llenos de un amor incondicional. De manera humilde pero cierta, el silencio conduce a amar.
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