Que el Señor te bendiga y te guarde, te muestre su rostro y tenga piedad de ti, te dirija su mirada y te de la paz.

Como hablar con DiosForo

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"Nuestro carisma es carmelitano. De él resaltamos su dimensión contemplativa, caracterizado por la búsqueda humilde, constante y fiel de la unión con Dios, y del goce de su intimidad."
(Constituciones 104)

 

            Te ofrecemos distintas maneras de orar, de hablar con Dios, con el Amigo que sabemos nos ama, como diría Santa Teresa.

Orar con los salmos
Oración de Taizé
Orar ante una imagen
El valor del silencio
     Taller de oración
 

 

ALGUIEN DIJO UNA VEZ...

        La oración es un camino. Orar es una gran aventura y un gran misterio que todo cristiano debería vivir con inten­sidad. Orar es acercarse a Dios para entablar un diálogo amoroso. Orar es amar, reír, llorar, soñar, pero también es comprometerme, responsabilizarse, confiar, esperar...

       Orar no es pasar un rato tranquilo en que pienso en mis cosas, en mis problemas, en la gente que quiero. Tampoco es una receta contra la "depre", ni una "pastilla" que me permita dormir tranquilo. Orar no es pedirle a Dios que me dé lo que me toca de la "herencia", por ser su hijo; no es jugar con Dios a través del " si me apruebas los exámenes, te pongo dos velas"; Orar no consiste en buscarme justifica­ciones a las cosas que hago bien o mal; orar no es culpabi­lizarme de todo lo que pasa a mi alrededor.

       Orar es querer encontrarse con Dios, es vivir por los demás; orar es huir de los falsos sueños pero vivir por la utopía del Reino de Dios; orar es desear buscar dentro para sacar fuera y compar­tir con los demás; orar es inves­tigar en lo profundo de mi personalidad; orar es entregarse.

       La oración es un don y una gracia que nos concede Dios y que hay que pedir insistentemente. Por ello es tan importante la disposición interna y externa. Debemos dispo­ner toda nuestra persona para este encuentro con Dios a través de la oración. Para ello es necesario hacer como si todo dependiera de mi, pero al mismo tiempo sabiendo que todo viene de Dios.

       Os animo a que poco a poco os vayáis sumergiendo en esta estupenda aventura que supone la oración. Y os aseguro que no os arrepentiréis de haberla comenzado.

NO HAY CAMI­NOS PARA LA ORACIÓN, LA ORACIÓN ES EL CAMINO.


 

1.- COSAS A TENER EN CUENTA A LA HORA DE HACER ORACIÓN

        Antes de comenzar a hacer oración es importante que cuidemos tres cosas que ayudan y son básicas :

 

          - La postura corporal.

          - La relajación.

          - La concentración.

 

A) LA POSTURA CORPORAL.

       Como os podéis imaginar la postura corporal es algo muy importante a la hora de ponernos a orar. Y aunque parez­ca que es algo estúpido, no lo es. También es cierto que cada persona debe ir buscando y hallando cual es la postura que le facilita más ese encuentro con Dios. Y debemos recor­dar que la oración con los gestos es muy importante, por aquello de que una imagen vale más que mil palabras.

       La postura que parece la más acertada, tanto fisio­lógicamente como psicológicamente, es la siguiente:

       - La persona sentada tocando perfectamente con las plantas de los pies en el suelo, formando un ángulo recto con sus piernas.

       - El respaldo de la silla debe ser recto, para que el tronco, la cabeza y el cuello estén en línea recta; nunca rígidos.

       - Las manos, o bien dejadas sobre las piernas, con las palmas hacia arriba, o la mano derecha sosteniendo a la iz­quier­da, tocándose los dedos pulgares, recogidas en el regazo.

       - Los ojos, cerrados o fijos en un punto, a un metro o poco más de distancia.

       De cualquier forma que ores, lo principal es que sea una postura en la que puedas permanecer el tiempo que va a durar la oración, sin tener que cambiar de postura, o cam­biando las menos veces posibles. Recuerda que la postura corporal ha de ayudarte a relajarte, por lo tanto desechamos toda postura que sea tensa.

 

B) LA RELAJACIÓN.

       Es tan fácil y tan complicado como estar esperando con paz interior. En este apartado lo prin­cipal es tener presente a Dios, no es crear a Dios, Dios está siempre presen­te. Es caer en la cuenta de esto.

       Para comenzar debemos ir deshaciendo las contraccio­nes musculares, que son impedimento para ponerse en contacto con Dios. La tensión nerviosa es uno de los principales obstáculos para comenzar la oración.

 

C) LA CONCENTRACIÓN.

       Consistiría en poner en práctica lo anterior, pero centrándome en una de esas sensaciones, o en la respira­ción... El ir realizando esto, provocará que poco a poco te vayas encontrando en disposición de encontrarte con el Señor, y desde ahí nacerá el diálogo.


 

 

 

 

 

ORAR CON LOS SALMOS

Seguramente has oído hablar de los salmos. Te han dicho que no hay una oración tan acabada como la que brota del corazón de esos creyentes. Además, tú sabes que Jesús, María y los discípulos le rezaron a Dios recitando o cantando esos salmos. ¿Los podrás rezar también tú?

En esta sección encontrarás algunos salmos, como referencia. Si los recitas despacio, sentirás que los salmos dicen lo que tú tienes en tu corazón. No podrás penetrar en toda la riqueza que encierra el salterio íntegro, pero gustarás lo mejor de los salmos y, sobre todo, aprenderás a hablar con Dios.

Ambientación histórica

El libro de los Salmos está formado por ciento cincuenta oraciones o cantos, de muy diversas épocas y autores, que se fueron agrupando en distintas colecciones hasta alcanzar su disposición actual.

En su forma actual, la colección debía de existir ya en el s. III a. C.. Sin embargo, algunos de los salmos que la componen son muy antiguos, anteriores incluso al mismo Israel, que los supo recoger, adaptándolos a su fe y a sus necesidades religiosas. Podemos decir que la historia de la formación del salterio es la historia del pueblo de Israel, cuyos sucesivos momentos quedan aludidos o reflejados en los diversos salmos.

Salmos

- Oración de alabanza

    Bendito sea el nombre del Señor
ahora y por siempre:
desde la salida del sol hasta el ocaso,
alabado sea el nombre del Señor! (Salmo 113 [112], 2-3)

Es bueno dar gracias al Señor,
proclamar por la mañana tu misericordia
y noche tu fidelidad,
porque tus acciones, Señor, son mi alegría,
y mi júbilo las obras de tus manos.
¡Qué magníficas son tus obras, Señor,
qué profundos tus designios!
El ignorante no los entiende
ni el necio se da cuenta. (Salmo 92 [91], 2-7)

- Petición de perdón

    Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.

Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Purifícame, quedaré limpio.
Lávame, quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.
Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
Renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso. (Salmo 51 [50], 1-14)

- Oración de súplica

    Misericordia, Señor, que desfallezco;
cura, Señor, mis huesos dislocados.
Tengo el alma abatida,
y tú, Señor, ¿hasta cuándo?
Estoy agotado de gemir:
de noche lloro sobre el lecho;
riego mi cama con lágrimas. (Salmo 7 [6], 3-8)

Mírame, oh Dios, y ten piedad de mí,
que estoy solo y afligido.
Escucha mi corazón oprimido
y sácame de mis tribulaciones.
Mira mis trabajos y mis penas
y perdona todos mis pecados. (Salmo 24, 16-18)

¿Por qué te acongojas, alma mía?
¿Por qué te me turbas?
Espera en Dios,
que volverás a alabarlo:
«Salud de mi rostro, Dios mío». (Salmo 43 [42], 5)

- Oración de confianza

    El Señor es mi luz y mi salvación ¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?
Si un ejército acampa contra mí,
mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra,
me siento tranquilo.

Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida.

Oigo en mi corazón:
«Buscad mi rostro».
Tu rostro buscaré, Señor,
no me escondas tu rostro.

No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio;
no me deseches, no me abandones,
Dios de mi salvación.
si mi padre y mi madre me abandonan,
El Señor me acogerá.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. (Salmo 27 [26])

 

ORACIÓN DE TAIZÉ

	Uno de los hermanos de la comunidad de Taizé reflexiona sobre la participación 
de los jóvenes en la oración; subraya tres dimensiones de la oración en Taizé las cuales 
parecen resonar en su búsqueda.
	«Tres veces al día, todo se detiene en la colina de Taizé: el trabajo, 
los estudios bíblicos, los intercambios. Las campanas llaman para ir a la
iglesia a rezar. Centenares, a veces miles de jóvenes, de países muy
distintos procedentes de todo el mundo, rezan y cantan con los hermanos 
de la comunidad. Cantos breves, repetidos largamente y que, en pocas 
palabras, expresan una realidad fundamental rápidamente captada por la 
inteligencia. Después se lee la Biblia en varias lenguas. En el centro de cada 
oración común hay un largo momento de silencio, momento único de encuentro con
Dios. Nosotros, los hermanos, a menudo nos sentimos impresionados por 
la capacidad que tienen los jóvenes de permanecer en nuestra iglesia a 
veces durante horas en silencio o sostenidos por el canto meditativo. Los 
jóvenes también a veces se asombran de ellos mismo cuando descubren hasta qué 
punto han podido rezar en Taizé. Cuando se pregunta a los grupos que 
encontramos al final de su estancia sobre lo que más les ha marcado, la respuesta 
es rápida, sin vacilar: «¡la oración!» Y sin embargo hasta qué punto 
quienes hablan con tanto entusiasmo de su experiencia de oración parecen a 
primera vista poco «expertos». Ello impresiona aún más. Nosotros mismos, una vez
más, nos quedamos asombrados por ello.»

Para preparar un momento de oración

¿Para entrar en la oración, escoger uno o dos cantos de alabanza.

Salmo

Jesús rezaba estas antiguas oraciones de su pueblo. Desde siempre los cristianos han encontrado en ellos una fuente. Los salmos nos sitúan dentro de la gran comunión de los creyentes. Nuestras alegrías y nuestras tristezas, nuestra confianza en Dios, nuestra sed e incluso nuestras angustias encuentran una expresión en los salmos.

Una o dos personas leen o cantan en solo los versículos de un salmo. Todos responden con un aleluya u otra aclamación cantada después de cada versículo. Si los versículos son cantados, sostenidos eventualmente por un gorgorito (melodía improvisada sobre el acorde final de la aclamación mantenida por la asamblea), éstos deben ser cortos, dos líneas generalmente; los versículos, si son leídos, pueden ser más largos. Se ha hecho una selección de versículos accesibles para cada oración. Si se utiliza otros salmos no se dude en escoger sólo algunos versículos, los más asequibles. No es necesario leer todo el salmo.

Lectura

Leer la Escritura significa acercarse «a la fuente inagotable que dispensa el propio Dios a los hombres sedientos» (Orígenes, siglo III). La escritura es una «carta de Dios a su criatura» que hace «descubrir el corazón de Dios en las palabras de Dios» (Gregorio el Grande, siglo VI).

Para una oración regular se acostumbra a hacer una lectura continua de los libros bíblicos. Para una oración semanal o mensual escoger mejor textos mayores que no necesiten explicaciones. Cada lectura se introduce con «lectura de...» o «del Evangelio según san...». Si hay dos lecturas la primera puede ser escogida del Antiguo Testamento, de las Epístolas, de los Hechos de los Apóstoles o del Apocalipsis; la segunda es siempre la del Evangelio. Entre las dos lecturas se inserta un canto meditativo.

Antes o después de la lectura será bueno escoger un canto que celebre la luz de Cristo. Durante este canto algunos jóvenes o niños se acercan con una vela en la mano para encender una lámpara o velón. Dicho símbolo recuerda que, incluso si la noche se vuelve densa, en la vida personal o en la vida de la humanidad, el amor de Cristo es un fuego que nunca se apaga.

Canto

Silencio

Cuando intentamos expresar la comunión con Dios a través de palabras, la inteligencia encontrarse desprevenida. Pero, en las profundidades de la persona humana, por el Espíritu Santo, Cristo ora más de lo que podemos imaginar.

La voz de Dios no se calla, pero no Dios nunca quiere imponerse, a menudo su voz se oye como en un susurro, en un soplo de silencio. Mantenerse en silencio en su presencia, para acoger su Espíritu, ya es orar.

No buscar un método para obtener un silencio interior a toda costa, provocando en sí mismo como un vacío, sino dejar, en el silencio, que Cristo ore en uno con la confianza de un niño, y un día descubrimos que las profundidades de la persona humana están habitadas.

En una oración común será conveniente tener un solo momento largo de silencio – de cinco a diez minutos – mejor que varios momentos cortos. Si aquellos que participan en la oración no están acostumbrados a un silencio así, será importante anunciarlo al final del canto que lo precede: «Continuaremos ahora la oración permaneciendo un momento en silencio.»

Oración de intercesión u oración de alabanza

Una oración hecha de peticiones o aclamaciones breves, sostenidas por un gorgorito y cadenciadas por una respuesta cantada por todos puede constituir como una «columna de fuego» en el corazón de la oración común. Por medio de las intercesiones nuestra oración se ensancha a las dimensiones de toda la familia humana: confiamos a Dios las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los humanos, de los pobres y de todos aquellos que sufren. Por medio de la oración de alabanza celebramos todo lo que Dios es para nosotros.

Una o dos personas alternativamente expresan las peticiones o las aclamaciones de la oración, la cual estará introducida y marcada por un canto: Kyrie eleison, Gospodi pomilui (Señor, ten compasión); Te alabamos, Señor. Una vez terminadas todas las peticiones o aclamaciones escritas será bueno ofrecer a los participantes la posibilidad de una expresión espontánea para algunas oraciones que surgen de su corazón. Se estará atento a que sean breves y que se dirijan a Dios: no deberán ser transformadas en un diálogo horizontal en el que, creyendo hablar a Dios, se desea en realidad transmitir sus propias ideas a los demás. Se concluye cada una de las oraciones espontáneas con la misma respuesta cantada por todos.

Padrenuestro

Oración de conclusión

Cantos

Al final la oración puede prolongarse a través del canto. Para apoyar el canto un pequeño grupo permanece con los que desean continuar rezando.

Los demás pueden ser invitados a un momento para compartir en pequeños grupos, en un lugar vecino, por ejemplo sobre un texto bíblico, con la ayuda de las «horas joánicas». En la Carta de Taizé, se proponen «horas joánicas» cada mes, es decir, un tiempo de silencio y para compartir a partir de un texto bíblico.

 www.taize.fr

ORAR ANTE UN ICONO

  • Los iconos son una ventana abierta al infinito, a Dios.
     
  • Reflejan una luz que pacifica nuestros sentidos y abre nuestro corazón a la plegaria.
     
  • Son una excelente guía para la comprensión más profunda del misterio cristiano y para la oración.
     
  • Nos invitan a que nuestra contemplación de lo bello se convierta en oración, en comunión con Dios y con todos los hombres y mujeres.
     
  • Por la meditación y la oración podemos hacer que la luz se prolongue a los gozos, penas y esperanzas de cada día. "Hay heridas que solo la belleza puede curar".
     
  • Tenemos que tener en cuenta tres coordenadas del icono sagrado:
    "la PALABRA que lo inspira y lo evangeliza, la IMAGEN que visibiliza la palabra bíblica y lleva a los ojos lo que la palabra transmite al oído, la ORACIÓN, plegaria
    litúrgica en la que resuena la voz de la Iglesia y se consuma la comunidad de los Santos en un mismo Espíritu

     

    Jesús Castellano Cervera, Carmelita

    Para orar con un icono visita la siguiente página y encontrarás varios modelos para poder hacerlo.

    http://www.cipecar.org/fichas/fichas.asp?id=16

     

  • El valor del silencio

    ¡¡¡ No tengas miedo al silencio ... ¡!!

    Silencio y oración

                Si nos dejamos guiar por el libro más antiguo de oración, los Salmos bíblicos, encontraremos en ellos dos formas principales de la oración. Por un lado, la lamentación y la llamada de auxilio, y por otra el agradecimiento y la alabanza. De un modo más escondido, existe un tercer tipo de oración, sin súplica ni alabanza explícita. El Salmo 131, por ejemplo, no es más que calma y confianza: «Mantengo mi alma en paz y en silencio… Pon tu esperanza en el Señor, ahora y por siempre.»

             A veces la oración calla, pues una comunión apacible con Dios puede prescindir de palabras. «Acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre.» Como un niño privado de su madre que ha dejado de llorar, así puede ser «mi alma en mí» en presencia de Dios. La oración entonces no necesita palabras, quizás ni reflexiones.

             ¿Cómo llegar al silencio interior? A veces permanecemos en silencio, pero en nuestro interior discutimos fuertemente, confrontándonos con nuestros interlocutores imaginarios o luchando con nosotros mismos. Mantener nuestra alma en paz supone una cierta sencillez: «No pretendo grandezas que superan mi capacidad.» Hacer silencio es reconocer que mis preocupaciones no pueden mucho. Hacer silencio es dejar a Dios lo que está fuera de mi alcance y de mis capacidades. Un momento de silencio, incluso muy breve, es como un descanso sabático, una santa parada, una tregua respecto a las preocupaciones.

             La agitación de nuestros pensamientos se puede comparar a la tempestad que sacudió la barca de los discípulos en el mar de Galilea cuando Jesús dormía. También a nosotros nos ocurre estar perdidos, angustiados, incapaces de apaciguarnos a nosotros mismos. Pero también Cristo es capaz de venir en nuestra ayuda. Así como amenazó el viento y el mar y «sobrevino una gran calma», él puede también calmar nuestro corazón cuando éste se encuentra agitado por el miedo y las preocupaciones (Marcos 4).

             Al hacer silencio, ponemos nuestra esperanza en Dios. Un salmo sugiere que el silencio es también una forma de alabanza. Leemos habitualmente el primer versículo del salmo 65: «Oh Dios, tú mereces un himno». Esta traducción sigue la versión griega, pero el hebreo lee en la mayor parte de las Biblias: «Para ti, oh Dios, el silencio es alabanza.» Cuando cesan las palabras y los pensamientos, Dios es alabado en el asombro silencioso y la admiración.

     Dios es silencioso, y sin embargo habla

                Cuando la palabra de Dios se hace «voz de fino silencio», es más eficaz que nunca para cambiar nuestros corazones. El huracán del monte Sinaí resquebrajaba las rocas, pero la palabra silenciosa de Dios es capaz de romper los corazones de piedra. Las manifestaciones poderosas de Dios le eran, en cierto sentido, familiares. Es el silencio de Dios lo que le desconcierta, pues resulta tan diferente a todo lo que Elías conocía hasta entonces.

             El silencio nos prepara a un nuevo encuentro con Dios. En el silencio, la palabra de Dios puede alcanzar los rincones más ocultos de nuestro corazón. En el silencio, la palabra de Dios es «más cortante que una espada de dos filos: penetra hasta la división del alma y del espíritu.» (Hébreos 4,12). Al hacer silencio, dejamos de escondernos ante Dios, y la luz de Cristo puede alcanzar y curar y transformar incluso aquello de lo que tenemos vergüenza.

    Silencio y amor

                Cristo dice: «Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Juan 15,12). Tenemos necesidad de silencio para acoger estas palabras y ponerlas en práctica. Cuando estamos agitados e inquietos, tenemos tantos argumentos y razones para no perdonar y no amar demasiado y con facilidad. Pero cuando mantenemos «nuestra alma en paz y en silencio», estas razones se desvanecen. Quizás evitamos a veces el silencio, prefiriendo en vez cualquier ruido, cualquier palabra o distracción, porque la paz interior es un asunto arriesgado: nos hace vacíos y pobres, disuelve la amargura y las rebeliones, y nos conduce al don de nosotros mismos. Silenciosos y pobres, nuestros corazones son conquistados por el Espíritu Santo, llenos de un amor incondicional. De manera humilde pero cierta, el silencio conduce a amar.