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La misión


En la misión que cada uno recibe, se cifra esencialmente la forma de santidad que se le da y se le exige. El cumplimiento de esa misión se identifica para él con la santidad a que se le destina y que puede ser por él alcanzada. De ahí resulta, pues, que la santidad es algo esencialmente social, y por ende, algo sustraído al capricho del individuo. Dios tiene de cada cristiano una idea que le marca su puesto dentro de la comunidad de la Iglesia. No hay peligro de que esta idea, que es única y personal y que encarna la santidad destinada a cada uno, no sea para alguien suficientemente elevada y amplia. Esa santidad participa de la infinitud divina y es tan sublime que por nadie, fuera de María, fue perfectamente alcanzada. Realizar esta idea que descansa en Dios, realizar esta "ley individual" que es una ley sobrenatural, libremente trazada por Dios, es el supremo fin del cristiano.

[...] El cumplimiento de la voluntad de Dios no es ni el seguimiento de una ley general y anónima que fuera igual para todos, ni, por otra parte, la copia servil de un modelo individual - como pinta un niño un dibujo en blanco y negro -, sino la realización, libre, de un designio amoroso de Dios, que cuenta con la libertad, más aún, que da la misma libertad. Nadie es en tanto grado él mismo como el santo, que se ajusta al plan de Dios y pone a su disposición su ser entero, su cuerpo, alma y espíritu.

Dios cuenta, al trazar su plan de santidad, con la naturaleza, con las fuerzas y posibilidades de cada uno. Pero procede en ello tan libremente, como el artista con los colores de su paleta. No es posible prever de antemano qué colores preferirá el artista, cuáles tal vez apurará.

H. U. von Balthasar


#Iglesia #santidad #misión

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