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Solemnidad de la Resurrección del Señor, 9 de abril

Actualizado: 16 abr 2023

Ha sido inmolada nuestra victima pascual: Cristo; así pues, celebremos con gozo exultante y con alegría desbordante la victoria de nuestro Dios.

Durante estos días pasados hemos ido acompañando a Jesús en su pasión y muerte, contemplando de cerca tan grande misterio: el Siervo de Yahvé entregado al escarnio y la humillación, pero no de manera inútil, sino como víctima de suave olor para nuestra purificación y salvación. Todo esto era necesario para que se cumplieran las Escrituras, para manifestar el plan de salvación trazado desde antiguo. Dios Padre ha mostrado al entregar a su Hijo único por nuestra salvación que sigue amando a su criatura el hombre, que sigue complaciéndose en nosotros, pues ahora más que nunca brilla en cada uno el rostro de Cristo resucitado. Hemos sigo Ungidos por este mismo Espíritu Santo, como nos dice el apóstol Pedro en la lectura de hoy, para anunciar a toda la creación que Jesucristo Vive. Intentaron quitarle la vida, y en cambio él nos ha dado la Vida en abundancia, la Vida plena, su propia Vida. Es por esto por lo que “damos gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 117, 1) ya que todo esto “es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente” (Sal 117, 23).

Pablo habla a los cristianos de la comunidad de Colosas y le recuerda a este respecto una realidad fundamental: “habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios” (Col 3, 3). La resurrección que celebramos no es algo del pasado, un mero dato histórico, un simple aniversario que carece de impacto en nuestras vidas. La resurrección es posible en nosotros hoy si de verdad estamos dispuestos a morir al hombre viejo, al hombre que busca la justicia por su mano, que mendiga afecto, que busca la vanagloria, que se enorgullece de sus vergüenzas, que se gloría de su maldad, que sigue obstinado en el mal camino, que escandaliza a los pequeños, que no atiende al necesitado, etc. Si estamos verdaderamente dispuestos a morir, entonces, y sólo entonces, el Espíritu Santo “el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos, y que habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús, también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros” (Rom 8, 11).

Pero de todos es sabido que éste morir es progresivo, que aún hemos de combatir, y es por ello por lo que muchas veces nos entristecemos, porque nos dejamos imbuir de las prisas y activismos de nuestra sociedad. María Magdalena es la primera en ir al sepulcro, pero su corazón aún vive en la agitación mundana, a pesar de haber hecho experiencia del amor del Señor. Entra y ve los signos de la resurrección, pero es incapaz

de interpretarlos por su falta de paz; será Cristo glorioso quien le devuelva ese don al saludar a la comunidad: “Paz a vosotros” (Jn 20,19). También Juan irá corriendo al sepulcro, pero tendrá la prudencia de esperar a Pedro, quien tiene la autoridad y el discernimiento autentico. Entonces éste entró en el sepulcro junto al discípulo amado, “vio y creyó” (Jn 20, 8). El plan salvífico de Dios se ha ido revelando progresivamente a lo largo de la historia, y lo mismo sucede en nuestras vidas, Dios no fuerza, es un caballero, educado, elegante y amoroso, que respeta nuestro ritmo, que sabe esperar y que no nos deja solos. Él está siempre presente, aunque no seamos capaces de reconocerlo, y además ha previsto siempre de alguien a nuestro lado que sabe esperar y dirigir nuestra mirada hacia Él; alguien que a veces tiene que frenarnos un poco para poder leer los signos de la victoria pascual, para así poder después lanzarnos a proclamar las maravillas de Dios.

Que María, Madre de la Esperanza y la Alegría, sea la primera en dirigir nuestra mirada hacia su Hijo, muerto y resucitado para nuestra salvación.


Moisés Fernandez Martín, presbítero Granada





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