• Esclavas Carmelitas

De resurrección en resurrección


Persiguiendo al Resucitado por las páginas del Evangelio, hoy nos dejamos conducir en la oración por los cantos y algunas estaciones del Via Lucis escrito por José Luis Martín Descalzo.


Durante siglos las generaciones cristianas han acompañado a Cristo camino del Calvario, en una de las más hermosas devociones cristianas: el Via Crucis. ¿Por qué no intentar -no «en lugar de», sino «además de»- acompañar a Jesús también en las estaciones de su triunfo, el Via Lucis, el camino de la luz? Bienaventurados los testigos de su resurrección.

I Jesús resucitado, conquista la vida verdadera

Mi corazón quiere alabar, alabarte Mi corazón quiere adorar, adorarte. Mi corazón quiere alabar, alabarte Mi corazón quiere adorar, adorarte. Cristo reina, Cristo reina, Cristo reina, Con poder, Cristo reina, Cristo reina, Cristo reina, con poder.

Y sobrevino un gran terremoto, pues un ángel del Señor bajó del cielo y acercándose removió la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella (Mt 28, 2)

Gracias, Señor, porque al romper la piedra de tu sepulcro nos trajiste en las manos la vida verdadera, no sólo un trozo más de esto que las personas llamarnos vida, sino la inextinguible, la zarza ardiendo que no se consume, la misma vida que vive Dios.

Gracias por este gozo, gracias por esta Gracia, gracias por esta vida eterna que nos hace inmortales, gracias porque al resucitar inauguraste la nueva humanidad y nos pusiste en las manos esta vida multiplicada, este milagro de ser humanos y más, esta alegría de sabernos partícipes de tu triunfo, este sentirnos y ser hijos y miembros de tu cuerpo de hombre y Dios resucitado.

Símbolo: La luz. (la depositamos delante del cirio)

Dejamos a tus pies el símbolo de la luz que rompe las tinieblas de nuestras vidas heridas y bloqueadas para que seas Tú quien nos devuelva la vida.

II Su sepulcro vacío muestra que Jesús ha vencido la muerte

Nueva semilla en el mundo,

hijo donado a la tierra,

yo tu silencio acogeré.

En lo que vive y que muere

siempre tu rostro aparece:

tú eres mi Dios y mi Señor.

Y yo sé que mi muerte desafías,

y yo sé que mi noche tú iluminas.

Esperando el día en que vendrás contigo estoy.

Ha resucitado, no está aquí, mirad el sitio en que lo pusieron (Mc 16, 6)

Hoy, al resucitar, dejaste tu sepulcro abierto como una enorme boca, que grita que has vencido a la muerte.

Ella, que hasta ayer era la reina de este mundo, a quien se sometían los pobres y los ricos, se bate hoy en triste retirada vencida por tu mano de muerto-vencedor. ¿Cómo podrían aprisionar tu fuerza unos metros de tierra?

Alzaste tu cuerpo de la fosa como se alza una llama, como el sol se levanta tras los montes del mundo. y se quedó la muerte muerta, amordazada la invencible, destruido por siempre su terrible dominio. El sepulcro es la prueba: nadie ni nada encadena tu alma desbordante de vida y esta tumba vacía muestra ahora que tú eres un Dios de vivos y no un Dios de muertos.

Pregunta: ¿Qué estás viviendo estos días que te hacen vivir como en un sepulcro?

III Jesús, bajando a los infiernos, muestra el triunfo de su resurrección.

¡Despierta, tú que duermes!

Levántate de entre los muertos,

y Cristo te alumbrará,

y Cristo te alumbrará.

¡Despierta, tú que duermes!

Levántate de entre los muertos,

y Cristo te alumbrará.

Murió en la carne, pero volvió a la vida por el Espíritu y en Él fue a pregonar a los espíritus que estaban en la prisión (1 Pe 3, 18)

Mas no resucitaste para ti solo. Tu vida era contagiosa y querías repartir entre todos el pan bendito de tu resurrección. Por eso descendiste hasta el seno de Abrahán, para dar a los muertos de mil generaciones la caliente limosna de tu vía recién reconquistada.

Y los antiguos patriarcas y profetas que te esperaban desde siglos y siglos se pusieron en pie y te aclamaron, diciendo: «Santo. Santo. Santo. Digno es el cordero que con su muerte nos infunde vida, que con su vida nueva nos salva de la muerte. Y cien mil veces santo es este Salvador que se salva y nos salva».

Y tendieron sus manos hacia ti. Y de tus manos brotó este nuevo milagro de la multiplicación de la sangre y de la vida.

Símbolo: Un recipiente con sal.

Con esta sal, queremos pedirte que nos ayudes a ser vida para los demás, la que Tú has venido a regalarnos. Que no seamos insípidos en las vidas de los demás, ni en la nuestra, ni contigo.

IV Jesús, resucita por la fe en el alma de María

Mi alma glorifica al Señor

y mi espíritu se alegra en el que me salvó,

porque mi humildad miró

desde ahora y para siempre

todas las generaciones me dirán.

BIENAVENTURADA (2)

ENTRE TODAS LAS MUJERES

DE DIOS LA MÁS AMADA

BIENAVENTURADA.

Mi alma engrandece al Señor y exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador (Lc 1, 47)

No sabemos si aquella mañana del domingo visitaste a tu Madre, pero estamos seguros de que resucitaste en ella y para ella, que ella bebió a grandes sorbos el agua de tu resurrección, que nadie como ella se alegró con tu gozo y que tu dulce presencia fue quitando uno a uno los cuchillos que traspasaban su alma de mujer.

No sabemos si te vio con sus ojos, mas sí que te abrazó con los brazos del alma, que te vio con los cinco sentidos de su fe. Ah, si nosotros supiéramos gustar una centésima parte de su gozo.

Si aprendiésemos a resucitar en ti como ella… Si nuestro corazón estuviera tan abierto como estuvo el de María aquella mañana del domingo.

Pregunta: ¿Confías a María tus luchas interiores, tus conflictos, tus noches de oscuridad para que Ella te ayude a recuperar la alegría?

Rezamos juntos un Ave María.


V Jesús elige a una mujer como apóstol de los apóstoles

Canto: Tarde te amé

María Magdalena fue a anunciar a los discípulos: «He visto al Señor», y las cosas que le había dicho (Jn 20, 18)

Lo mismo que María Magdalena decimos hoy nosotros: «Me han quitado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.»

Marchamos por el mundo y no encontramos nada en qué poner los ojos, nadie en quien podamos poner entero nuestro corazón. Desde que tú te fuiste nos han quitado el alma y no sabemos dónde apoyar nuestra esperanza, ni encontramos una sola alegría que no tenga venenos.

¿Dónde estás? ¿Dónde fuiste, jardinero del alma, en qué sepulcro, en qué jardín te escondes?

¿O es que tú estás delante de nuestros mismos ojos y no sabemos verte?

¿Estás en los hermanos y no te conocemos?

¿Te ocultas en los pobres, resucitas en ellos y nosotros pasamos a su lado sin reconocerte?

Llámame por mi nombre para que yo te vea, para que reconozca la voz con que hace años me llamaste a la vida en el bautismo, para que redescubra que tú eres mi maestro.

Y envíame de nuevo a transmitir tu gozo a mis hermanos, hazme apóstol de apóstoles como aquella mujer privilegiada que, porque te amó tanto, conoció el privilegio de beber la primera el primer sorbo de tu resurrección.

Símbolo: Cartel con el nombre de cada uno de los miembros de la familia.

Con este cartel, en el que aparecen los nombres de los que estamos en casa, recordamos que Tú nos amas con un amor único e irrepetible, que nos llamas y nos amas por nuestro nombre.

VI Jesús devuelve la esperanza a dos discípulos desanimados

Nos llamas Señor, nos llenas de vida.

Aquí nuestros corazones laten junto a Ti.

Nos colmas de amor

Y con tu presencia la noche transformas

en aurora, Señor.

Nos haces uno en Ti, siempre en Ti

«Quédate con nosotros, pues el día declina». Y entró para quedarse con ellos. Puesto con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Se les abrieron los ojos y lo reconocieron (Lc 24, 29-31)

Lo mismo que los dos de Emaús aquel día también yo marcho ahora decepcionado y triste pensando que en el mundo todo es muerte y fracaso. El dolor es más fuerte que yo, me acogota la soledad y digo que tú, Señor, nos has abandonado. Si leo tus palabras me resultan insípidas, si miro a mis hermanos me parecen hostiles, si examino el futuro sólo veo desgracias. Estoy desanimado. Pienso que la fe es un fracaso, que he perdido mi tiempo siguiéndole y buscándote y hasta me parece que triunfan y viven más alegres los que adoran el dulce becerro del dinero y del vicio.

Me alejo de tu cruz, busco el descanso en mi casa de olvidos, dispuesto a alimentarme desde hoy en las viñas de la mediocridad.

No he perdido la fe, pero sí la esperanza, sí el coraje de seguir apostando por ti.

Preguntas: ¿Y no podrías salir hoy al camino y pasear conmigo como aquella mañana con los dos de Emaús? ¿No podrías descubrirme el secreto de tu santa Palabra y conseguir que vuelva a calentar mi entraña? ¿No podrías quedarte a dormir con nosotros y hacer que descubramos tu presencia en el Pan?

VII Jesús muestra a los suyos su carne herida y vencedora

Si Tú lo quieres, Señor,

puedes sanarme

porque Tú tienes el poder

para sanarme.

Ven con tu sangre preciosa, Señor

Ven a sanar, mi corazón.

Te necesito, te necesito, mi Señor.

«Alarga acá tu dedo y mira mis manos. y tiende tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel.» Respondió Tomás y dijo: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 27-28)

Gracias, Señor, porque resucitaste no sólo con tu alma, más también con tu carne.

Gracias porque quisiste regresar de la muerte trayendo tus heridas.

Gracias porque dejaste a Tomás que pusiera su mano en tu costado y comprobara que el Resucitado es exactamente el mismo que murió en una cruz.

Gracias por explicarnos que el dolor nunca puede amordazar el alma y que cuando sufrimos estamos también resucitando.

Gracias por ser un Dios que ha aceptado la sangre, gracias por no avergonzarte de tus manos heridas, gracias por ser un hombre entero y verdadero.

Ahora sabemos que eres uno de nosotros sin dejar de ser Dios, ahora entendemos que el dolor no es un fallo de tus manos creadoras, ahora que tú lo has hecho tuyo comprendemos que el llanto y las heridas son compatibles con la resurrección.

Déjame que te diga que me siento orgulloso de tus manos heridas de Dios y hermano nuestro.

Deja que entre tus manos crucificadas ponga estas manos maltrechas de mi oficio de hombre.

Peticiones

Reina del cielo, alégrate, ¡Aleluya! porque el Señor, a quien mereciste llevar, ¡Aleluya! resucitó según su Palabra, ¡Aleluya! Ruega al Señor por nosotros, ¡Aleluya!

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