• Esclavas Carmelitas

MARÍA Y EL ESPÍRITU SANTO



Ambientación: Cintas de color del E. Santo colgadas del techo y alrededor siete velas representando los dones. Al principio estarán apagadas. Todas nos sentaremos alrededor.

Se comienza la vigilia con una música de llamador de ángeles, mientras esta suena, se lee el pasaje del génesis donde dice que el Espíritu Aleteaba sobre las aguas. Gn 1, 1-2

En el principio creó Dios los cielos y la tierra.

Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.”

Sigue sonando la música del llamador…suena el punteo y cantamos:

Canto: Ven Espíritu, ven.

I. ESPERAMOS LA LLEGADA DEL ESPÍRITU SANTO JUNTO A LA VIRGEN

Mientras dura la espera de la venida del Espíritu Santo prometido, “todos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la Madre de Jesús, y con sus hermanos”. Todos están en un mismo lugar, en el Cenáculo, animados de un mismo amor y de una sola esperanza. En el centro de ellos se encuentra la Madre de Dios. La tradición, al meditar esta escena, ha visto la maternidad espiritual de María sobre toda la Iglesia. «La era de la Iglesia empezó con la “venida”, es decir, con la bajada del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo de Jerusalén junto con María, la Madre del Señor».

María, vive como un segundo Adviento, una espera, que prepara la comunicación plena del Espíritu Santo y de sus dones a la naciente Iglesia. Este Adviento es a la vez muy semejante y muy diferente al primero, el que preparó el nacimiento de Jesús. Muy parecido porque en ambos se da la oración, el recogimiento, la fe en la promesa, el deseo ardiente de que esta se realice. María, llevando a Jesús oculto en su seno, permanecía en el silencio de su contemplación. Ahora, María vive profundamente unida a su Hijo glorificado.

. En el primer Adviento, la Virgen es la única que vive la promesa realizada en su seno; aquí, aguarda en compañía de los Apóstoles y de las santas mujeres. Es esta una espera compartida, la de la Iglesia que está a punto de manifestarse públicamente alrededor de nuestra Señora: «María, que concibió a Cristo por obra del Espíritu Santo, el amor de Dios vivo, preside el nacimiento de la Iglesia el día de Pentecostés, cuando el mismo Espíritu Santo desciende sobre los discípulos y vivifica en la unidad y en la caridad el Cuerpo místico de los cristianos»

.

El propósito de nuestra oración de hoy, es esperar la llegada del Espíritu Santo muy unidos a nuestra Madre.

Palabra de Dios: Hch 2, 2-11

Petición: (Mientras cantamos pon un fuego)

SABIDURÍA (se enciende la vela correspondiente).

Derrama, Señor, tu Espíritu de sabiduría que nos haga experimentar la belleza que envuelve todas las cosas, saboreándolas en nuestro interior. Que nos lleve a mirar la vida como si viéramos con los ojos luminosos de María, para comprender el buen sentido de las cosas.

(Momento de silencio).

FORTALEZA (se enciende la vela correspondiente)

Derrama, Señor, tu Espíritu de fortaleza que nos haga superar todas las dificultades, eludir todos los peligros, resistir cualquier ataque. Que, como a María en Caná, nos mueva a tomar iniciativas atrevidas por los otros; a llegar hasta el calvario y permanecer junto a tu cruz; a perseverar en la oración, en la fe, en la espera...

(Momento de silencio).

Canto: Secuencia (2 estrofas)

II.- EL ESPÍRITU SANTO EN LA VIDA DE MARÍA

La Virgen recibió el Espíritu Santo con una plenitud única el día de Pentecostés, porque su corazón era el más puro, el más desprendido, el que de modo incomparable amaba más a la Trinidad El Espíritu Santo descendió sobre el alma de la Virgen y la inundó de una manera nueva. Es el «dulce Huésped» del alma de María. Nuestro Señor había prometido al que ame a Dios: “Vendremos sobre él y en él haremos nuestra morada”. Esta promesa se realiza, ante todo, en la Virgen.

Ella, «la obra maestra de Dios», había sido preparada con inmensos cuidados por el Espíritu Santo para ser tabernáculo vivo del Hijo de Dios. Por eso el Ángel la saluda: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Y ya poseída por el Espíritu Santo y llena de su gracia, recibió todavía una nueva y singular plenitud de ella: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra”.

“Los que son movidos por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios”. Ninguna criatura se dejó llevar y guiar por el Espíritu Santo como María: ninguna vivió la filiación divina como Ella.

El Espíritu Santo, que ha habitado en María desde el misterio de su Concepción Inmaculada, en el día de Pentecostés vino a fijar en Ella su morada, de una manera nueva. Todas las promesas que Jesús había realizado acerca del Paráclito se cumplen plenamente en el alma de la Virgen: Él os recordará todas las cosas. Él os guiará a la verdad completa.

»Si el amor de Dios se muestra tan grande cuando la cabida del corazón humano –traidor, con frecuencia– es tan poca, ¿qué será en el Corazón de María, que nunca puso el más mínimo obstáculo a la Voluntad de Dios?».

Canto: Alégrate, el Señor está contigo.

Petición: (mientras cantamos)

CONSEJO (se enciende la vela correspondiente)

Derrama, Señor, tu Espíritu de consejo, que nos haga a la vez prudentes para distinguir el bien del mal y audaces para tomar sabias determinaciones, para saber consolar, conversar, callar, acompañar, iluminar, sonreír., a los otros. Enciende su luz brillante en nuestra vida y así derramemos sobre los demás, como María, el suave bálsamo curativo del Evangelio.

(Momento de silencio).

PIEDAD (se enciende la vela correspondiente)

Derrama, Señor, entre nosotros el Espíritu que nos hace contemplar el rostro de Dios. Que descienda y anide en nosotros y nos convierta en orantes. Personas que, como María, escuchan, acogen y viven la Palabra de Dios; que descubren la voz y la presencia del Señor en el mundo, que la meditan con el corazón y que transforman la propia vida en vida de Dios. Que tu Espíritu nos transfigure.

(Momento de silencio).

Canto: Secuencia.

III.- LA VIRGEN MARÍA, “CORAZÓN DE LA IGLESIA NACIENTE”

Todo cuanto se ha hecho en la Iglesia desde su nacimiento hasta nuestros días, es obra del Espíritu Santo: la evangelización del mundo, las conversiones, la fortaleza de los mártires, la santidad de sus miembros... «Lo que el alma es al cuerpo del hombre –enseña San Agustín–, eso es el Espíritu Santo en el Cuerpo de Jesucristo que es la Iglesia. El Espíritu Santo hace en la Iglesia lo que el alma hace en los miembros de un cuerpo», le da vida, la desarrolla, es su principio de unidad... Por Él vivimos la vida misma de Cristo Nuestro Señor en unión con Santa María, con todos los ángeles y los santos del Cielo, con quienes se preparan en el Purgatorio y los que peregrinan aún en la tierra.

El Espíritu Santo es también el santificador de nuestra alma. Todas las obras buenas, las inspiraciones y deseos que nos impulsan a ser mejores, las ayudas necesarias para llevarlas a cabo... Todo es obra del Paráclito. «Este divino Maestro pone su escuela en el interior de las almas que se lo piden y ardientemente desean tenerle por Maestro».

Después de Pentecostés la Virgen es «como el corazón de la Iglesia naciente». El Espíritu Santo, que la había preparado para ser Madre de Dios, ahora, en Pentecostés, la dispone para ser Madre de la Iglesia y de cada uno de nosotros.

El Espíritu Santo no cesa de actuar en la Iglesia, haciendo surgir por todas partes nuevos deseos de santidad, nuevos hijos y a la vez mejores hijos de Dios, que tienen en Jesucristo el Modelo acabado, pues es el primogénito de muchos hermanos. María, colaborando activamente con el Espíritu Santo en las almas, ejerce su maternidad sobre todos sus hijos. Por eso es proclamada con el título de Madre de la Iglesia.

Santa María, Madre de la Iglesia, ruega por nosotros y ayúdanos a preparar la venida del Espíritu Santo defensor a nuestras almas.

Canto: Oh María, bendita Tú

Peticiones (Mientras, cantamos)

ENTENDIMIENTO (se enciende la vela correspondiente)

Derrama, Señor, tu Espíritu que nos enseñe el arte de amar al estilo de Jesús. Pon fuego en nuestros corazones que nos mueva a entender la vida como servicio discreto y silencioso, cordial y cariñoso como supo hacer magistralmente María. Enséñanos a construir los caminos que hacen que los hombres tengan un solo corazón y destruyan las barreras que los dividen.

(Momento de silencio).

TEMOR DE DIOS (se enciende la vela correspondiente)

Derrama, señor, tu Espíritu de misericordia y de paz que nos haga percibir los latidos del perdón y de la cercanía amorosa de Dios. Que, al sentirnos amados y perdonados por El, le imitemos siendo cercanos, solidarios, comprensivos, condescendientes, tolerantes, misericordiosos,... con todos. Otórganos abundancia de ese buen Espíritu que nos serene y transforme en bienaventurados, como lo fue María.

(Momento de silencio).

CIENCIA (se enciende la vela correspondiente)

Derrama Señor tu Espíritu, para que nuestro corazón pueda admirarse de tu grandeza en las cosas pequeñas, en lo creado, en la belleza de las cosas que nos has dado y has puesto a nuestra disposición. Como María, esclava del Señor, concédenos encontrar la belleza más grande de lo creado dentro de nosotros, que eres Tú mismo.

No podemos dejar de pedirle al Espíritu la fuera de sus dones para nuestro mundo y para quien más lo necesita en este momento.

Canto: Secuencia

Peticiones

ORACIÓN FINAL

Espíritu Santo: Tú cubriste a María con tu sombra y concibió a Jesús. Que ella, bajo tu guía, también vaya configurándome a mí como a otro Cristo. Me someto totalmente a su acción en mi alma para que Ella vaya haciendo todo según tus designios en mí.

Madre, yo me entrego a Ti, te cedo todos los derechos sobre mí, sobre mi presente, mi pasado y mi futuro; sobre todas mis acciones, mis pensamientos, mis oraciones y méritos. Qué paz y alegría me da el que estén en Ti. También todos mis seres queridos, a los que tanto quiero y a todos mis hijos: las almas que tu Hijo ha querido encomendarme.

Jesucristo, a ti te pido la gracia de que me asemeje lo más posible a María. Que cuando ame, cuando acompañe, cuando escuche, cuando mire, cuando hable, las personas sientan la presencia cercana de María. Que sus manos maternales abracen, sanen, consuelen a través de las mías. Que sea sus gestos, sus palabras, su bondad y ternura para todo aquél que necesite su amor maternal. Todo para tu mayor Gloria, para contigo llevar a los hombres a la Casa del Padre.

Madre, sabes que lo que más deseo es tu intimidad, vivir contigo, llegar un día a ti y poder ocultarme en tu regazo. En este día en que me consagro nuevamente a ti, te suplico que me lleves a ser misericordioso como el Padre, desde el Corazón del Hijo y bajo la guía del Espíritu Santo.

Canto: Reina del Cielo alégrate.

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