• Esclavas Carmelitas

Tu mano se acompasa con Dios en la labor.

Actualizado: oct 6

No se si lo has pensado alguna vez. Pero el trabajo fue uno de los primeros encargos que Dios dio al hombre. No como un castigo, aunque a veces lo vivamos así. Si no como una oportunidad de colaborar con Él en la inmensa tarea de la creación no terminada.


Cada día Dios Padre pone en tus manos un pequeño pedazo de su creación para que tú le des forma.


Hay tres pasos que se repiten día a día y que hacen del trabajo un motor de bien que puede llegar a cambiar el mundo: recibir, transformar y entregar.


Cada día tú recibes el encargo de un trabajo cotidiano, que muchas veces será repetitivo, otras exigirá de tu creatividad, de tu fuerza, de tu constancia, de tu inteligencia… Unas veces será pura rutina, y algunos días sonará a novedad. En ocasiones te verás abrumado por los imprevistos, y otras abatido por el desánimo.


Lo más importante es que puedas preguntarte delante de ese trabajo que tienes entre manos: qué le falta, qué le sobra, qué se necesita de mí. Que seas consciente siquiera durante un segundo que estás siendo la mano de Dios trabajando por los hombres en esta tierra, y así puedas llenar ese trabajo, a veces tedioso, de un sentido y un significado pleno.


San José es un buen intercesor para esta tarea del trabajo recibido, transformado y entregado, y a él nos encomendamos para llegar a alcanzar la gracia de santificar cada pequeño trabajo que hacemos durante el día. Aprende de él a trabajar por el Reino sin descanso, a ofrecer cada segundo de tu vida por la redención del mundo, a poner todos tus dones al servicio de una empresa que ya de primeras nos supera a todos, a entregar sin quejas ni miedos un trabajo bien hecho para bien de todos los hombres. Porque recuerda, mientras trabajas en la presencia del Señor, estás tocando con su misericordia a tus hermanos.






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