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Domingo XVII del Tiempo Ordinario

Actualizado: jul 26

En estas últimas semanas, el Evangelio de Mateo nos muestra cómo Jesús habla en parábolas a la gente. No porque quisiera hacerse el interesante o porque quisiera demostrar su sabiduría, sino para que aquellos que quienes realmente lo seguían y sentían su llamada a seguirle, lo comprendieran, y éstos eran, como dice en otro pasaje del Evangelio los sencillos, los humildes, aquellos que tienen poco o nada y que Dios llena con su Todo. (“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”).

En el Evangelio de hoy, Jesús sigue enseñando mediante parábolas, y hoy pone varios ejemplos más de cómo es el Reino de los Cielos: un tesoro en el campo, una perla de gran valor, una red llena de peces…pero, quizá lo más importante no es en sí la riqueza que tienen, sino la actitud que tienen quienes descubren el valor de esas cosas.

Primero, son personas que ya tienen algo, pero que se desprenden de lo que tienen para poder conseguir algo más importante o valioso. Es decir, no se conforman con lo que tienen, sino que aspiran a algo más. Esto que puede parecer algo ambicioso y egoísta, en realidad es algo sencillamente natural de quien busca, encuentra y degusta.

El Señor nos pide a nosotros lo mismo: que busquemos: le busquemos a Él; encontremos: nos encontremos con Él; y degustemos: le degustemos a Él; y para ello, primeramente tenemos que hacer lo mismo que en las parábolas: vender todo lo que tenemos, vaciarnos de todo aquello que nos impide aspirar a más y dejarle a Él que nos llene de su Todo.

Esto produce una gran alegría en quien así lo hace, en quien encuentra en su vida al Señor y, despojándose de todo lo que tiene, se deja llenar por Él.

La parte más “cruel” -si se puede decir así- de este Evangelio es cuando Jesús habla del final de los tiempos y de cómo unos entrarán en el Reino y otros irán al fuego eterno. No lo hace para asustarnos ni para “meternos presión”, sino para ayudarnos a entender que, quien en su vida se siente pleno, lleno de las cosas materiales, no necesita nada más (aunque en realidad sí que necesite a Dios en su vida más incluso que todo lo material), y entonces es como algo que no sirve, que está como seco…y que solo sirve para ser desechado. Sin embargo, quien aún tiene capacidad para seguir llenándose del torrente de Dios, es quien puede seguir haciéndolo en la Vida Eterna, en el Reino de los Cielos.

Raquel Guijarro, Cuenca



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