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VIA CRUCIS. VIERNES SANTO.


Los textos del Via Crucis que proponemos son de S.E. Mons. Giancarlo María BREGANTINI, Arzobispo de Campobasso-Boiano; que en abril de 2014 fue el encargado de elabor

ar los textos para el Via Crucis del Coliseo en Roma. Las imágenes que proyectaremos son un Via Crucis elaborado por el pintor Jen Norton.





EL ROSTRO DE CRISTO, EL ROSTRO DEL HOMBRE


INTRODUCCIÓN

«El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: “No le quebrarán un hueso”; y en otro lugar la Escritura dice: “Mirarán al que atravesaron”»

(Jn 19,35-37).


PRIMERA ESTACIÓN. Jesús es condenado a muerte.


V/ Te adoramos Cristo y te bendecimos.

R/ Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.


«Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. Por tercera vez les dijo: “Pues, ¿qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ninguna culpa que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré”. Pero ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara» (Lc 23,20-23).


Un Pilato atemorizado que no busca la verdad, el dedo acusador y el creciente clamor de la multitud, son los primeros pasos de la muerte de Jesús. Inocente como un cordero cuya sangre salva a su pueblo. Ese Jesús, que ha pasado entre nosotros curando y bendiciendo, es condenado ahora a la pena capital.

¿Y nosotros? ¿Sabremos tener una conciencia recta y responsable, transparente, que nunca dé la espalda al inocente, sino que luche con valor en favor de los débiles, resistiéndose a la injusticia?


ORACIÓN

Señor Jesús, hay manos que amparan y hay manos que firman sentencias injustas. Haz que, ayudados por tu gracia, no descartemos a nadie. Ayúdanos a buscar siempre la verdad, y a estar siempre de parte de los débiles.


SEGUNDA ESTACIÓN. Jesús carga con la cruz.


V/ Te adoramos Cristo y te bendecimos.

R/ Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.


«Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados. Pues andabais errantes como ovejas, pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas» (1 P 2,24-25).


Jesús carga sobre sus hombros esta pesada cruz del mundo. Volvamos a Cristo, pastor y guardián de nuestras almas. Luchemos juntos. La cruz, entonces, se hará más ligera, si la llevamos con Jesús y la levantamos entre todos, porque con sus heridas hemos sido curados.


ORACIÓN

Señor Jesús, cada vez se hace más densa nuestra noche, la pobreza se torna miseria. Nuestro futuro es incierto. Vela por nosotros para que no arrastremos la vida, sino que la llevemos con dignidad.


TERCERA ESTACIÓN. Jesús cae por primera vez.


V/ Te adoramos Cristo y te bendecimos.

R/ Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.


«Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él» (Is 53,4-5).


Es un Jesús frágil, muy humano, el que contemplamos en esta estación. En esta caída, en este ceder al peso y la fatiga, Jesús vuelve a ser una vez más maestro de vida. Nos enseña a aceptar nuestras fragilidades. Y también, con esta fuerza interior que viene del Padre, Jesús nos ayuda a aceptar las debilidades de los demás; a no indignarnos con quien ha caído, a no ser indiferentes con quien cae.


ORACIÓN

Señor Jesús, que te has humillado para rescatar nuestra debilidad, haznos capaces de entrar en una verdadera comunión con nuestros hermanos. Arranca de nuestro corazón toda raíz de miedo y cómoda indiferencia, que nos impide reconocerte en los demás, para dar testimonio de que tu Iglesia es verdadera madre de todos.


CUARTA ESTACIÓN. Jesús se encuentra con la Madre.


V/ Te adoramos Cristo y te bendecimos.

R/ Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.


«Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: “Mira, este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma» (Lc 2,34-35).


Este encuentro de Jesús con María, su madre, está cargado de emoción, de lágrimas amargas. En él se expresa la fuerza invencible del amor materno, que supera todo obstáculo y sabe abrir caminos. Pero impresiona aún más la mirada solidaria de María, que comparte e infunde fuerza al Hijo. Ella recoge las lágrimas de todas las madres por sus hijos lejanos. Madres que velan en la noche, con las luces encendidas, temblando por los jóvenes abrumados por la inseguridad. Junto a María, nunca seremos un pueblo huérfano. Nunca olvidados.


ORACIÓN

Salve, Madre, danos tu santa bendición. Te ofrecemos todo nuestro ser, poniéndonos por entero a tu servicio. Que en este día no hagamos nada que desagrade a Dios. Te lo pedimos a ti, Consuelo de los afligidos.


QUINTA ESTACIÓN. Simón, el Cirineo, ayuda a Jesús a llevar la cruz.


V/ Te adoramos Cristo y te bendecimos.

R/ Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.


«A uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz» (Mc 15,21).

Simón de Cirene vive un encuentro casual, pero decisivo en su vida llevando la cruz de Cristo. La relación con el otro nos rehabilita y crea una hermandad que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo, que sabe descubrir a Dios en cada ser humano. Sólo con el corazón abierto al amor divino, me veo impulsado a buscar la felicidad de los demás en tantos gestos: una noche en el hospital, la gratuidad sincera, el compromiso por el bien común, venciendo toda forma de recelo y envidia.


ORACIÓN

Señor Jesús, en el Cirineo amigo vibra el corazón de tu Iglesia, que se hace refugio de amor para cuantos tienen sed de ti. La ayuda fraterna es la clave para atravesar juntos la puerta de la Vida. No permitas que nuestro egoísmo nos haga pasar de largo, y ayúdanos a derramar el ungüento de consolación en las heridas de los otros, para hacernos compañeros leales de camino, sin evasivas y sin cansarnos nunca de optar por la fraternidad.


SEXTA ESTACIÓN. Verónica limpia el rostro de Jesús.


V/ Te adoramos Cristo y te bendecimos.

R/ Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.


«Oigo en mi corazón: “Buscad mi rostro”. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación» (Sal 26,8-9).


Jesús se arrastra con dificultad, pero la luz de su rostro se mantiene intacta. No hay ofensa que pueda oponerse a su belleza. Este rostro se parece a una zarza ardiente que, cuanto más se le ultraja, más consigue emanar una luz de salvación. Jesús se detiene ante una mujer que viene a su encuentro. Es la Verónica, verdadera imagen femenina de la ternura que consigue tocar el rostro de Jesús; no sólo para aliviar, sino para participar en su sufrimiento. Reconoce a Jesús en cada prójimo que has de consolar con ternura, para entrar en el gemido de dolor de los que hoy no reciben asistencia ni calor de compasión y mueren de soledad.


ORACIÓN

Señor Jesús, ¡qué amarga es la indiferencia! Pero tú nos cubres con ese paño que lleva impresa tu sangre preciosa, que has derramado a lo largo del camino del abandono, que también tú sufriste injustamente. Sin ti, no tenemos ni podemos dar alivio alguno.


SÉPTIMA ESTACIÓN. Jesús cae por segunda vez.


V/ Te adoramos Cristo y te bendecimos.

R/ Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.


«Me rodeaban cerrando el cerco... Me rodeaban como avispas, ardiendo como el fuego en las zarzas, en el nombre del Señor los rechacé. Empujaban y empujaban para derribarme, pero el Señor me ayudó» (Sal 117,11.12-13.18).


Jesús, llevado a empujones, se desploma por la fatiga y la opresión. Cada vez más solo, cada vez más en la oscuridad. En él reconocemos la amarga experiencia de los que se encuentran en la prisión. A la cárcel se la mantiene aún hoy demasiado lejana, olvidada. Ante esta caída, cómo nos percatamos de la verdad de aquellas palabras de Jesús: «Estuve en la cárcel y no me visitasteis». En toda cárcel, junto a cada preso, siempre está el Cristo que sufre.


ORACIÓN

Señor Jesús, una conmoción indecible me embarga al verte postrado en tierra por mí. Tú nos has bendecido para siempre. Dichosos nosotros si hoy estamos aquí, por tierra, contigo, rescatados de la condena. Haz que no evadamos nuestras responsabilidades, concédenos vivir en tu humillación para renacer a una vida nueva como criaturas hechas para el cielo.


OCTAVA ESTACIÓN. Jesús se encuentra con las mujeres de Jerusalén.


V/ Te adoramos Cristo y te bendecimos.

R/ Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.


«Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos» (Lc 23,28).


Jesús se impresiona por el llanto amargo de estas mujeres, pero les exhorta a no desgastar el corazón en verlo tan maltratado, a no ser mujeres que lloran, sino creyentes. Pide un dolor compartido. No más lamentos, sino deseos de renacer, de mirar hacia adelante, de proceder con fe y esperanza. Lloremos por nosotros mismos si aún no creemos en ese Jesús que nos ha anunciado el Reino de la salvación. Lloremos por nuestros pecados no confesados.


ORACIÓN

Señor Jesús, libera nuestros corazones del abismo de la desesperación. Enjuga nuestro llanto y abre nuestros corazones para compartir todo dolor, con sinceridad y fidelidad, más allá de la compasión natural, para hacernos instrumentos de la verdadera liberación.


NOVENA ESTACIÓN. Jesús cae por tercera vez.


V/ Te adoramos Cristo y te bendecimos.

R/ Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.


«¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?; ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?... Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado» (Rm 8,35.37).

San Pablo enumera sus pruebas, pero sabe que Jesús ha pasado antes por ellas, que en el camino hacia el Gólgota cayó una, dos, tres veces. Destrozado por la tribulación, la persecución, la espada; oprimido por el madero de la cruz. Exhausto. Parece decir, como nosotros en estos momentos de oscuridad: «¡Ya no puedo más!». Es el grito de los moribundos, los enfermos terminales, los oprimidos por el yugo. Pero en Jesús se ve también su fuerza. Nos muestra que en la aflicción siempre está su consuelo, un «más allá» que se entrevé en la esperanza. Como la poda de la vid que el Padre celestial, con sabiduría, hace precisamente con los sarmientos que dan fruto. Nunca para cercenar, sino siempre para rebrotar. Que la contemplación de Jesús caído, pero capaz de ponerse en pie, nos ayude a vencer todo temor.


ORACIÓN

Señor Jesús, te rogamos que nos levantes cuando caemos. Reviste a los débiles de vigor, porque sólo tú nos haces ricos precisamente con tu pobreza.


DÉCIMA ESTACIÓN. Jesús es despojado de sus vestiduras.


V/ Te adoramos Cristo y te bendecimos.

R/ Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.


«Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: “No la rasguemos, sino echémosla a suerte, a ver a quién le toca”. Así se cumplió la Escritura: “Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica”. (Jn 19,23-24).


No dejaron ni un trozo de tela que cubriera el cuerpo de Jesús. Lo despojaron como un acto de humillación extrema. Sólo le cubría la sangre. La túnica queda intacta: es símbolo de la unidad de la Iglesia, una unidad que se ha de recobrar mediante un camino paciente, una paz artesana, construida día a día en un tejido recompuesto con los hilos de oro de la fraternidad, en un clima de reconciliación y perdón mutuo.


ORACIÓN

Señor Jesús, retira de nuestro pecho el corazón de piedra de las divisiones, que hacen a tu Iglesia poco creíble. Danos un corazón nuevo y un espíritu nuevo, para vivir según tus preceptos y observar y poner en práctica tus leyes.


UNDÉCIMA ESTACIÓN. Jesús es clavado en la cruz.


V/ Te adoramos Cristo y te bendecimos.

R/ Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.


«Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: “El rey de los judíos”. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: “Lo consideraron como un malhechor”» (Mc 15,24-28).


Y lo crucificaron. La pena de los infames, de los traidores, de los esclavos rebeldes. Esta es la pena que se aplica a nuestro Señor Jesús: ásperos clavos, vergüenza de verse entre bandidos, las burlas crueles de quienes pasaban por allí: «A otros ha salvado y él no se puede salvar..., que baje ahora de la cruz y le creeremos» (Mt 27,42). Jesús no desciende, no abandona la cruz. Permanece obediente hasta el fin a la voluntad del Padre. Ama y perdona. También hoy, como Jesús, muchos hermanos y hermanas nuestros están clavados. La enfermedad no pide permiso. Llega siempre de improviso. Y lo que aparentemente puede ser una condena, puede transformarse en un ofrecimiento redentor.


ORACIÓN

Señor Jesús, no te alejes de nosotros, siéntate en nuestro lecho de dolor. Tiende tu mano y levántanos. Creemos que tú eres el Amor. En Ti confiamos.


DUODÉCIMA ESTACIÓN. Jesús muere en la cruz.


V/ Te adoramos Cristo y te bendecimos.

R/ Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.


«Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura dijo: “Tengo sed”. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: “Está cumplido”. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu» (Jn 19,28-30).


Jesús, lentamente, con pasos que también son los nuestros, atraviesa toda la oscuridad de la noche, para abandonarse confiado en los brazos del Padre. Es el gemido de los moribundos, el grito de los desesperados, la invocación de los perdedores. Es Jesús.


ORACIÓN

Oh Dios, que en la pasión de Cristo nuestro Señor, nos has liberado de la muerte, heredad del antiguo pecado, transmitida a todo el género humano, renuévanos a imagen de tu Hijo; y, así como hemos llevado en nosotros por nacimiento la imagen del hombre terrenal, haz que, por la acción de tu Espíritu, llevemos la imagen del hombre celestial.


DECIMOTERCERA ESTACIÓN. Jesús es bajado de la cruz.


V/ Te adoramos Cristo y te bendecimos.

R/ Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.


«Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran» (Mt 27,57-58).

Antes de ser puesto en la tumba, Jesús es entregado finalmente a su Madre. Es el icono de un corazón destrozado. Es desgarrador, pero demuestra que la muerte no quiebra el amor. Porque el amor es más fuerte que la muerte. El amor puro es perdurable. En esta trágica entrega, se mezclan lágrimas y sangre. Como en la vida de nuestras familias, atribuladas por pérdidas imprevistas y dolorosas, creando un vacío insalvable. Amar hasta el final es la suprema enseñanza que nos han dejado Jesús y María.


ORACIÓN

Oh, Virgen Dolorosa, que nos muestras tu rostro de luz, mientras que con los ojos hacia el cielo y las manos abiertas ofreces al Padre la víctima redentora de tu Hijo Jesús. Muéstranos la dulzura del último fiel abrazo y danos tu maternal consuelo, para que el dolor cotidiano nunca apague la esperanza de vida más allá de la muerte.


DECIMOCUARTA ESTACIÓN. Jesús es colocado en el sepulcro.


V/ Te adoramos Cristo y te bendecimos.

R/ Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.


«Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía... Allí pusieron a Jesús» (Jn 19,41-42).

Aquel jardín, donde se encuentra la tumba en la que Jesús fue sepultado, recuerda otro jardín: el Jardín del Edén. Un jardín que, a causa de la desobediencia, perdió su belleza y se convirtió en desolación, lugar de muerte en vez de vida. Las ramas silvestres que nos impiden respirar la voluntad de Dios, como el apego al dinero, la soberbia, el derroche de la vida, se han de cortar e injertarlas ahora en el madero de la cruz. Este es el nuevo jardín: la cruz plantada en la tierra. Aquel sepulcro representa el fin del hombre viejo. El silencio que rodea ese jardín nos permite escuchar el susurro de una suave brisa: «Yo soy el que vive, y yo estoy con vosotros»


ORACIÓN

No abandones nuestras vidas en el abismo, Señor, ni dejes que tus fieles conozcan la corrupción. Enséñanos el camino de la vida para que un día lleguemos a gozar en tu presencia de los bienes del cielo.


DECIMOQUINTA ESTACIÓN. Jesús ha resucitado.


V/ Te adoramos Cristo y te bendecimos.

R/ Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.


«Buscáis a Jesús, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Mirad el lugar donde lo pusieron. Id a decir a sus discípulos: El va delante de vosotros a Galilea, allí lo veréis tal como os dijo. » (Mc. 16, 7)


Jesús está vivo. El que cayó víctima de nuestra crueldad vive para hacer viva nuestra fe, para hacer efectiva nuestra esperanza, para hacer realidad el más grande testimonio de amor que vieron los siglos. Está vivo para decirnos que nuestra resurrección será un hecho tan verídico como la suya propia. Gracias Señor, por estar vivo, gracias porque también seremos resucitados nosotros para vivir a tu lado, y será cumplido así el mayor anhelo de nuestro corazón. Tu resurrección es la gran invitación a la alegría.


ORACIÓN

Señor Jesús, de tu Cruz se desprende un rayo de luz. En tu muerte ha sido vencida nuestra muerte y se nos ha ofrecido la esperanza de la resurrección. ¡Unidos a tu Cruz, quedamos en la espera confiada de tu vuelta, Redentor nuestro!

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