• Esclavas Carmelitas

Domingo I de Cuaresma, 21 de Febrero

Actualizado: feb 21

“Se ha cumplido el plazo y está cerca el Reino de Dios, convertíos y creed en el Evangelio”. Con estas palabras nos amonesta el Señor al comienzo de esta nueva cuaresma. Es nueva porque nuestro tiempo siempre es nuevo, porque todos los días es posible cambiar y porque nada está perdido del todo. La esperanza envuelve todas las cosas, pues este tiempo no es triste, ni lleno de sufrimientos queridos, ni siquiera de buenas intenciones fundadas en nuestra voluntad.

La novedad de este tiempo está en el reencuentro. Necesitamos reencontrarnos con nosotros mismos, con Dios y con los hermanos. De una manera casi imperceptible, nos vamos alejando de lo que realmente somos para parecer lo que no somos o incluso para olvidarnos de nuestras más pobres cualidades. Además vamos echando a Dios para un lado arrinconándolo en unos buenos sentimientos que se quedan sólo en eso.


En medio de nuestra vida, a veces gastada por el desánimo y la angustia “vital” de ver que las cosas no son como nos gustaría, aparece la voz del Señor invitando a la conversión. Ésta, no es que intentemos ser mejores, ni que vivamos un poco más concienciados de que Dios existe. Es un cambio profundo que remueva nuestra vida desde lo más profundo de nuestra existencia. Jesús, quiere hacernos pasar del antiguo Adán al hombre nuevo que comienza con Él.


En el Evangelio de hoy escuchado las tentaciones, Marcos quiere representar al nuevo Adán, Cristo. A diferencia del primer Adán, es dueño de la creación, vive entre animales, es tentado, pero ha salido vencedor; por esto, los ángeles no están para cerrarle el paraíso, sino para servirle: es la consecuencia de no haber caído en la tentación. Este texto nos presenta a un Jesús que tuvo que optar en la vida, a lo largo de toda su vida y, por volcarse en la voluntad de su Padre, ve cómo le sirven sus mensajeros.


Este texto, no es sólo un ejemplo para que lo sigamos nosotros; es cierto que es una exhortación a no caer en la tentación, a no dejarnos vencer por el mal en nuestra lucha por vivir según la voluntad de Dios, pero nos hace ver que el Evangelio ha comenzado ya con una victoria, la de Cristo sobre el mal: Cristo ha vencido al maligno, dejándonos a nosotros la puerta abierta para poder nosotros también vencerle por medio de su fuerza. El comienzo es ya nuestra victoria. Nos llama a descubrir que el poder violento que tiene el pecado es incompatible con el Reino de Dios y que las opciones que vamos tomando en la vida, por pequeñas que sean, tienen una importancia grande.


El desierto es el lugar de encuentro con Dios, con nosotros y con nuestros hermanos. La cuaresma se asemeja con el desierto, tiempo de pruebas y sufrimiento, de soledad y encuentro. Puede que alguno de vosotros esté en este tiempo de desierto, e incluso pueda parecer que siempre vive ahí. No es un tiempo malo, ni un tiempo en el que “Dios se haya olvidado de nosotros”. Es un tiempo de amores con Él, de saber dónde está lo importante y dónde no lo está. En mitad de este desierto, Cristo, el Señor, como roca firme que acompañaba al pueblo, se hace presente y hace que pongamos todas las cosas de nuestra vida en su sitio. Nos hace falta esta cuaresma, este tiempo de sosiego, este tiempo de volver al centro, de ver en dónde está fundada nuestra vida. Esta pandemia nos está haciendo caminar entre la ansiedad y la tristeza: ¡acerquémonos al Señor para entrar en la Santa Indiferencia que nos hace que las cosas de alrededor no determinen nuestra vida!

La conversión, es lo que hace posible la adhesión amorosa al Padre, a nuestro Padre, que está en el cielo y que quiere “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. La conversión es dejar que Dios arranque de nuestra vida las amarguras y desajustes propios de nuestros pecados, nuestros vanos deseos y nuestro corazón lleno del negro tinte de nuestros malos deseos. Dios, sin juzgarnos, quiere hacer que caminemos por la senda de la paz, del bien, que es para lo que estamos hechos. Sólo rompe con el pasado quien ha descubierto un futuro y una persona que merece la pena en ese futuro. Quien descubre a Cristo personalmente, es el que puede dejar todo lo que no es humano y agarrarse a la humanidad adquirida por Él para nosotros.


Claramente el Señor, en esta cuaresma, nos pide descubrir lo que nos separa de Él, lo que hay de inhumano en nosotros, para que pueda, con su Gracia, darnos una vida nueva en la que el centro sea Él, y no nosotros. Nos pide salir de nuestra cómoda y asentada situación, de nuestros miedos, para adentrarnos en el corazón de Cristo, para ser como Él y amar las cosas que Él ama; imitarle, para poder tener su misma mirada, y poder contemplar a los demás y a la historia, como Él la mira. Dios mira bien al hombre, le perdona, y cada día comienza de nuevo con su amor y su misericordia: hace alianza con Él, como contemplamos hoy en la liturgia.


Al contemplar este Evangelio, esta buena noticia, mi corazón mira al Padre con muchos deseos de descubrir en mí lo que el Señor quiere destrozar con su amor y esto me devuelve la esperanza, pues una cuaresma más, me recuerda que el Señor siempre me da una oportunidad más.


Miguel Ángel Morell Parera, Sacerdote de Granada.





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