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  • Foto del escritorEsclavas Carmelitas

Domingo III de Pascua, 14 de abril

El testimonio hace presente a Cristo vivo.


            ¡Quién pudiera estar en aquella primera reunión de la historia donde el tema de conversación era que Cristo Ha Resucitado!


            Sucede el mismo día de la Resurrección, por la tarde. “Estaban hablando de estas cosas”, dice el evangelio. Imaginemos aquel pequeño cónclave de los muchos discípulos de Jesús escuchando unos de otros sus testimonios de cómo, después de que hubieran pasado tres días desde su muerte, algunos habían visto, otros reconocido, unos pocos tocado, varios hablado, e incluso algunos comido con Él. Mientras unos contaban sus testimonios otros llegaban gritando para contar el suyo, la escucha prestada a aquellos pasaba rápidamente a los nuevos recién llegados, el asombro de una historia quedaba aún más superado por los detalles del testimonio del otro, la alegría imposible de contener crecía hasta casi explotar el corazón con lo que se oía en la siguiente historia, las lágrimas de emoción de unos pocos se contagiaban al resto conforme los testimonios aumentaban, el portazo de los nuevos que entraban a prisa en aquella sala queriendo contar al resto lo que les había ocurrido con Jesús Resucitado introducía de luz aún más el corazón de los presentes. Nadie de allí parpadearía, cada uno deseando contar su testimonio, todos súper atentos al relato del otro, el brazo de uno echado sobre el hombro del que tiene al lado, cada corazón ardiendo de un gozo que comenzaba a pulverizar la oscuridad y el sin sentido de la muerte en la cruz de su Amigo querido unos días antes, el shssss de un apóstol mandando silencio para poder escuchar el nuevo testimonio que entraba por aquella puerta, los ojos desorbitados de las primeras mujeres que habían visto a Jesús y cuyo testimonio se les escapaba ya de las manos y estaba provocando un tsunami de éxtasis vital, los pequeños intervalos de silencio que en algunos instantes habría y que convertiría aquel pequeño oasis fraternal en una oración a lo íntimo del corazón, la seguridad de que todo lo que unos relataban era verdad aunque pareciese mentira, la creciente esperanza que se abría paso en aquella comunidad de discípulos descorriendo progresivamente la piedra de sepultura en la que todos se encontraban el día anterior junto a su Maestro, una aplastante cascada de amor que se derramaba desde el cielo conforme cada nueva sílaba salía de los labios del testimonio de cada uno de los nuevos videntes que seguían apareciendo, la frecuencia cardíaca aumentando conforme pasaba el tiempo y que provocaba que el corazón de cada uno quisiera como salirse para unirse al del otro en un único corazón, el suave—casi imperceptible—buen olor a victoria que entraba en los pulmones de aquella muchedumbre de hombres y mujeres oxigenando el aire cargado de la tumba de un muerto que ya no estaba. Nadie quería salir de aquella habitación, unos pocos apoyados en la pared, la mayoría sentados en el suelo, los nuevos que entraban abriéndose paso entre piernas y manos, el empujarse de unos sobre otros para dejar sitio a uno más porque ¡siempre hay sitio para uno más! ¿cómo dejar a nadie que no participe, escuche, vea, sienta, vibre con aquello que allí se estaba contando?, las lágrimas de unos—en aquel pequeño habitáculo—cayendo y lavando los pies de sus compañeros de al lado, los dedos entrelazados de dos manos distintas que se aprietan porque saben que no es un sueño, que es verdad.


            Y de repente, cuando todavía estaban hablando unos, entrando por la puerta otros, empujándose para hacerse sitio aquellos, tan apelmazados unos con otros pero sin sentir presión ni incomodidad,  con el corazón palpitando a tope de una alegría que se les salía por la boca, entonces “Él se presentó en medio de ellos”, es Jesús Resucitado. Está en medio de todos y, al mismo tiempo, delante de todos. Todos lo ven, todos lo oyen, todos se llenan de alegría, todos sufren la aparente duda porque es sin duda Él, todos ven su cuerpo glorioso de agujeros ya sanados en pies y manos, todos lo ven comer aquel trozo de pez asado que sus pobres pero necesarias facultades humanas habían cogido y ofrecido y que sacia y plenifica sus corazones, todos callan porque la Palabra está allí viva y elocuente, todos sienten que aquella habitación se convierte en templo de Dios—residencia de todo un pueblo que es Iglesia, todos perciben en Él una luz que ilumina sus mentes y da sentido, todos reciben el mandato de que aquella conversación sobre Él—vivo y resucitado—la continúen ininterrumpidamente. ¿Para qué? Pues para que te llegue a ti, escuches este único testimonio de Vida, puedas así ver al que es tu Paz, puedas palpar al Inmortal en tu carne mortal, puedas comulgarle a Él en el único alimento que sacia y vitaliza, puedas participar como un miembro más de una comunidad—Iglesia—que es familia divina, puedas acoger el Don de Dios haciendo de tu vida tarea de amor y servicio, y puedas así—¡ahora te toca a ti!—seguir testimoniando uno a uno, corazón a corazón, que Cristo ha resucitado y está en medio y delante de todos y de cada uno de nosotros.



Por Ildefonso Fernández-Fígares Vicioso

Sacerdote

Archidiócesis de Granada


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