• Esclavas Carmelitas

Domingo III de Pascua, 18 de Abril

Actualizado: abr 18

En este tercer domingo del tiempo pascual, la liturgia pone una vez más en el centro de nuestra atención el misterio de Cristo resucitado. Cristo ha vencido el mal y la muerte, y es autor de la vida, habiendo nacido inmolado como víctima de expiación por nuestros pecados.


Las lecturas de hoy nos invitan a dejar que Él Señor nos inunde interiormente con su resplandor pascual, que irradia este gran misterio y, con el salmo responsorial, podemos pedir está gracia: "Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro, Señor". Porque la luz del rostro de Cristo resucitado puede resplandecer sobre nosotros y dejarnos percibir la renovación profunda que realiza en el corazón del hombre el misterio de la resurrección de Cristo. Un misterio que guía toda la historia de la salvación de cada uno de nosotros. La Iglesia nos invita siempre, y de modo especial en este tiempo pascual y del Evangelio de hoy, a dirigir nuestra mirada a Cristo resucitado, que está realmente presente en el sacramento de la Eucaristía.


San Lucas hace referencia a una de las apariciones de Jesús resucitado y comenta que los dos discípulos de Emaús, volvieron de prisa a Jerusalén, y contaron a los Once cómo lo habían reconocido "al partir el pan". Y, mientras estaban contando la extraordinaria experiencia de su encuentro con el Señor, y como ardían su corazón ante su presencia y su manifestación, él "se presentó en medio de ellos". Un momento importante que hizo que los Apóstoles se atemorizaran y asustaran hasta tal punto que Jesús, para tranquilizarlos y vencer cualquier titubeo y duda, les pidió que lo tocaran y vieran que no era una fantasma, sino un hombre de carne y hueso como ellos, y les pidió de comer para manifestar, como hizo en Emaús, que era Él resucitado.


Jesús se manifiesta a los discípulos en la mesa, al igual que hace con nosotros cada día en la Eucaristía, dejándonos hacer experiencia de que toda comunidad revive este encuentro en la celebración dominical.


La Eucaristía es el lugar privilegiado en el que la Iglesia reconoce "al autor de la vida", es "la fracción del pan", como dice el libro de los Hechos de los Apóstoles. En ella, mediante la fe, entramos en comunión con Cristo, que es "sacerdote, víctima y altar" y está en medio de nosotros. En torno a él nos reunimos para recordar sus palabras y los acontecimientos contenidos en la Escritura; revivimos su pasión, muerte y resurrección. Al celebrar la Eucaristía, comulgamos a Cristo, víctima de expiación, y de él recibimos perdón y la vida.


Pedimos al Señor, que podamos vivir con gratitud los frutos de la Pascua y dejar que Jesús resucitado toque nuestras vidas y las llene de su paz y de su luz.





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