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  • Foto del escritorEsclavas Carmelitas

Domingo IV de Adviento, 24 de diciembre

Actualizado: 22 ene

Nunca me había dado cuenta del detalle que relacionan a la 1º lectura de este cuarto y último domingo de Adviento con el Evangelio. En la lectura a la que me refiero del 2 libro de Samuel, el rey David comparte con el profeta Natán su preocupación de vivir él en un palacio de cedro y estar sin embargo el Arca de Dios en una tienda de campaña. Y es en el evangelio, donde María, según nos cuenta San Lucas, anda también preocupada por el anuncio del ángel.

Por supuesto, Dios tiene palabras para ambos, pero no son éstas las que más me llaman la atención, sino la similitud de las condiciones en las que Dios “se instala” en su pueblo, con su pueblo.

No siendo un dios externo a nosotros se nos vuelve a revelar la importancia de comprender que el “Yo soy” solo puede ser reconocido en la realidad cambiante y nómada de nuestras vidas cuando todo se acalla y no hay juicio ante nada de lo que sucede. El que no deseó el palacio de cedro, también se instaló en el vientre de una mujer como prototipo de lo más profundo de toda persona, haciéndose cada vez más peregrino, menos instalado. Si lo buscamos en la seguridad, en el sedentarismo, en lo instalado de nuestras ideas y doctrinas se esfumará porque no puede ser encerrado bajo ninguna realidad generada por nuestra mente, solo permanecerá en lo más profundo de nuestro espíritu y que constituye nuestra esencia, esa que no cambia cuando todo lo demás sí lo hace.

Cada vez que llegan estas fechas, mi mente, va generando un ruido constante, una preocupación al fin y al cabo, en busca de las condiciones de lo que me hace sentirme segura y cómoda, pero confundo dónde se encuentra verdaderamente la paz de mi alma y busco el palacio de cedro de mi vida instalada, sin darme cuenta de que solo un “sí” como el de María, solo un “sí, hágase” a la vida, serán la clave para la comprensión de aquella paz que en realidad me habita.


FELIZ NAVIDAD

Clara López Rubio

Murcia




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