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  • Foto del escritorEsclavas Carmelitas

Domingo IV de Cuaresma, 10 de marzo

"Como Moisés levantó la serpiente en el desierto" (Jn 3,14)

Este domingo, el Señor nos revela el sentido de su cruz. Ya nos vamos acercando a la semana grande de los cristianos en este camino de la cuaresma. Y hoy la Iglesia nos propone participar de aquella conversación de Jesús con Nicodemo, esa conversación mantenida durante la noche, en la intimidad de aquella casa, se nos regala hoy a plena luz. Y el plan de salvación compartido entonces como una confidencia al oido de un amigo, hoy se proclama a viva voz a todos nosotros.

Jesús explica nuestra salvación recurriendo a la historia de las serpientes que en el desierto atacaban al pueblo de Israel cuando iban hacia la tierra prometida. El temido ataque de las serpientes, las heridas y las muertes que provocaban con su veneno, eran consecuencia del pecado del pueblo.

El pueblo dejó de confiar en Dios, y  ya no creía en el destino bueno que Él les tenía preparado, dejaron de fiarse de Moisés y de creer que sus palabras venían de parte de un Dios que los amaba y que quería su bien.

Este apartarse de Dios de corazón, este pecado les acarreaba un dolor sin esperanza, una muerte sin sentido, en el desierto, camino hacia ninguna parte.

Ante esta desgracia y precariedad de vida, el Dios que "tanto nos amó" nos preparó un remedio inesperado. Una medicina extraña: mirar, contemplar, confiar a la Serpiente de bronce alzada como signo y estandarte. "Y el que la miraba quedaba sano".

El bronce que no era serpiente, tomó la forma de la temida serpiente, la imagen de lo más temible, para ser fuerza salvadora. Así Jesús, el Hijo de Dios, "aquél en quien no había pecado" "se hizo pecado por nosotros". Dios, que no era hombre, asumió la humanidad y las consecuencia del pecado. Se entregó al sufrimiento y a la muerte tan temida. Para que venciéndola, ante nuestros ojos, confiemos en su victoria, y nos veamos "Libres de temor". Llenando de sentido nuestros sinsentidos. Haciendo de la Cruz el signo imborrable de su amor.


Aaron García,seminarista de Granada.

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