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  • Foto del escritorEsclavas Carmelitas

Domingo IV del T.O. 29 de Enero

En este cuarto domingo del tiempo ordinario, el Evangelio nos presenta a Jesús proclamando la nueva ley del Reino de Dios: las bienaventuranzas.


Las bienaventuranzas son el camino de vida que el Señor nos enseña para que sigamos sus huellas y seamos constructores de su Reino. Con ellas, declara felices (bienaventurados) a personas que, según el sentir de la época, no lo eran tanto: los pobres, los tristes, los humildes, los perseguidos... Paradójicamente, afirma que el camino de la felicidad consiste en hacernos sencillos como ellos. El Reino de Dios es presentado, por tanto, como un reino de paz, amor, justicia y misericordia.


Para poder seguir al Señor y colaborar en la construcción de este Reino, en primer lugar es necesario un cambio por nuestra parte, una conversión de corazón. Cambiar, ver las cosas con aires nuevos, con la mirada puesta siempre en Jesucristo, confiando en su misericordia. Dejar atrás aquello que nos impide caminar con alegría y libertad, pues el Reino de Dios solo tiene sentido desde dicha libertad. Y a partir de aquí comenzar a caminar tras las huellas de Jesús que nos llama a seguirle.


Es Jesús mismo quien nos da los ejemplos de cómo debemos actuar. Ahora solamente es necesaria nuestra respuesta. El Señor renueva cada día su invitación… y yo, ¿soy capaz de renovar cada mañana mi respuesta? ¿Cómo está siendo la respuesta que le estoy dando? ¿Está ayudando mi manera de vivir a construir el Reino de Dios? ¿Me siento realmente feliz, dichoso/a, bienaventurado/a de arriesgarme y entregarme a los demás por Cristo?


El Señor nos pide que seamos testigos del Evangelio, viviendo con alegría y esperanza. Esta es la mejor manifestación de que Jesús ha pasado y pasa por nuestras vidas y nos va transformando en cada encuentro. ¿Vivo y transmito la alegría y la esperanza de mi encuentro personal con Jesucristo?


Que la invitación de hoy sea a dejarnos tocar y transformar por Él, que podamos sentirle cerca, sentir como nos llena con su Amor, sentir como nos sostiene, como nos perdona, nos abraza y nos da su paz. Y que ese Amor recibido nos haga sentir bienaventurados, felices, dichosos, y nos impulse a colaborar en la construcción del Reino de Dios, haciendo de nuestra vida un testimonio de esperanza para los demás.


Hna. Verónica Estévez Rizo CSJ







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