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Domingo XXIV del T.O. 13 de Septiembre

“Hasta el infinito y más allá”

Al que le pregunta a Jesús cuántas veces perdonar, Jesús le contesta que hay que perdonar una burrada de veces… Todos hemos hecho la cuenta: ¡490 veces a cada uno que nos ofende…! Vamos que, a poca vida social que tengamos, llegamos a varios miles de veces…

Pero es verdad que Pedro hace mal la pregunta: “si mi hermano me ofende…” La inmensa mayoría de las veces nuestro hermano no nos ofende: simplemente, hace algo que no nos gusta, hace una broma pesada o una apreciación que no nos reconoce… Pero no hace nada para ofendernos… Jesús se refiere a perdonar todo lo que nos hagan para ofender. ¡Si casi somos incapaces de perdonar los errores de los demás, que los hacen sin querer hacernos daño!

Por eso el reino de los cielos es un sitio genial, un lugar donde los hermanos tienen el corazón tan grande que ni se dan cuenta de las “pseudo-ofensas” y donde las ofensas las perdonan. Así, las amistades llegan “hasta el infinito y más allá” y la fraternidad es un don que nos engrandece a todos, unos a otros perdonándonos.

El único requisito para entrar a este reino donde nadie me va a estar midiendo y donde voy a poder estar relajado, “en pijama”, sin preocuparme por rencillas o rencores, con el corazón despanzurrado en el sillón.

Jesús, casi al final del evangelio, nos exige perdonar “de corazón”. Exige haber educado al corazón para amar, para poner a otros por delante, para no mirar tanto mi dolor como la alegría de darme al otro… Pero, ¿no es ese un buen objetivo que conseguir? Un corazón que se fije más en lo bueno que puede hacer que en lo malo que le hacen, ese es el verdadero motor a propulsión que nos llevará “hasta el infinito de la vida eterna” y traerá el reino de los cielos a nuestra tierra, a nuestro hogar, a nuestro matrimonio y a nuestro interior.

Susana España, Cuenca




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