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  • Foto del escritorEsclavas Carmelitas

Domingo XXVI del T.O., 26 de Septiembre

"Se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros". A veces podemos tener la tendencia de cerrarnos a los demás, de vivir la fe única y exclusivamente en nuestra comunidad, en nuestra parroquia, en nuestro hogar, "con los nuestros". Vemos cómo en otra ocasión avisan a Jesús de que sus parientes se encuentran fuera y quieren hablar con Él, a lo cual responde que: quiénes son su madre y sus hermanos, sino aquellos que cumplen la voluntad de su padre. Desde nuestro bautismo, estamos llamados a salir al encuentro de los demás, a transmitir el Evangelio y la historia de salvación que ha sido revelada para todos los hombres. El rechazo o la comparación con nuestros hermanos que no profesan la fe nos puede llevar a caer en la soberbia, en creer que hacemos las cosas mejor que los demás. Sin embargo, aquel al cual Dios más aprecia es a quien más ama. El más importante en una casa no es el papá, la mamá o incluso los abuelos por ser los más mayores, sino aquel que más ama. Igual en el trabajo, la universidad, el colegio... Aquel que más ama es el más importante y querido por Dios.


Por otro lado, Jesús nos habla del peligro y de las consecuencias del pecado: “Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno, al fuego que no se apaga.” El pecado lo podemos definir como “ocasiones de amor perdido”. Muchas veces no somos conscientes de las consecuencias que nuestros pecados tienen tanto en la vida de los demás como en la de uno mismo, los cuales son un impedimento para la meta de todo cristiano: ser santo. Sin embargo, no debemos perder la esperanza ya que al igual que el padre de la parábola del hijo prodigo, Dios siempre está a la espera de nuestro arrepentimiento y conversión para volver a perdonarnos.


Pablo Gil, Granada




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