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  • Foto del escritorEsclavas Carmelitas

Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, 10 de Noviembre

Lc 20,27-38: No es Dios de muertos, sino de vivos.


Ante la realidad de la muerte aparece, en toda persona, un temor y también una esperanza. Temor ante un momento misterioso y desconocido. Esperanza de que quien muere no desaparece para siempre, sino que de alguna manera continúa viviendo.


Todavía tenemos reciente la celebración de la conmemoración de todos los fieles difuntos, y en ella surge de forma espontánea este deseo de inmortalidad. Muchos al ir a visitar a sus familiares difuntos en los cementerios entienden que no desaparecen del todo mientras les recordemos, que siguen viviendo en nuestro corazón. Otros se empeñan en ser recordados por las obras que han hecho, y de aquí la costumbre de dedicar nombres de calles, plazas, estatuas y obras de arte para recordar personajes ilustres. Sin embargo, sin despreciar nada de esto, el mensaje de la resurrección va mucho más allá. Porque la esperanza de la resurrección nos conecta con quien es el origen mismo de la vida, con el único que es capaz de garantizar que quien muere no desaparezca para siempre.


En el Evangelio aparece en primer plano una tentación de la que nosotros tampoco estamos libres, y es el error de considerar la resurrección en categorías meramente humanas. Esto es lo que hacen los saduceos que, al quedarse obstinados en su modo simplista de razonar, son capaces de ridiculizar cualquier situación. Jesús no responde directamente porque la pregunta está mal enfocada desde el primer momento. Les enseña. La resurrección debe ser entendida como una condición nueva, donde “seremos como ángeles”, viviremos en Dios.


De esta manera, la creencia en la resurrección no es algo absurdo e irracional, sino que en realidad nos libera. Libera nuestro corazón de apegos y formas de pensar que se quedan sólo en lo terreno. Nos recuerda que el único capaz de garantizar la vida es Dios. Y aunque a veces no comprendamos todo con nuestra inteligencia, nos invita a confiar y a maravillarnos porque la promesa de Dios supera enormemente lo que nosotros somos capaces de pensar.


Fernando González Romero, sacerdote de Avila, Roma



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