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© 2015 por Esclavas Carmelitas de la Sagrada Familia

  • Esclavas Carmelitas

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario, 15 de septiembre

No es fácil descubrir que hay alguien que es capaz de dar la vida por ti; eso me hace plantearme si sería capaz de entregar la vida por alguien. No es fácil descubrir que hay alguien que te conoce profundamente, hasta en tu más oscura miseria, y a pesar de eso te ama; eso me plantea si yo sería capaz de amar a un miserable. No es fácil saberse perdonado sin apenas luchar por el perdón; eso me hace sentir que soy aún más miserable por guardar rencor después de haber sido perdonado hasta 70 veces 7. No es fácil ser cristiano.


Lo más difícil de ser cristiano no es ponerse delante de Dios, que es agradable e incluso gratificante, sino ir descubriendo que Dios te va haciendo ponerte, poco a poco, delante de ti mismo: delante de tu miseria, de tu odio, de tu rencor, de tus inseguridades, de tus avaricias, de tus vicios, de tu pecado. Y después de ponerte delante de ti mismo, cuando ya estás hundido en tu propia miseria, te pide solo una cosa: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo”. No es fácil ser cristiano porque supone que para amar a Dios y al prójimo tengo que amarme primero a mí mismo. No es fácil amar lo despreciable, lo cínico, lo débil. Estamos creados para amar lo bueno, lo bello, lo verdadero… y nos ponemos cada día delante de un espejo para vernos corruptos, hipócritas y egoístas.


Nos preocupamos mucho de maquillarnos todas las mañanas para mostrarnos radiantes ante el mundo sin que nadie sepa lo que pasa por nuestro corazón, pero estamos perdidos, muertos en vida. Pues bien… hoy el evangelio está dirigido a nosotros, publicanos y pecadores, que nos acercamos a escuchar a Jesús, a escuchar 3 parábolas donde el Señor limpia nuestra herida y sana nuestro dolor.


La primera parábola habla de una oveja perdida y de un pastor que deja otras 99 para encontrarla. El valor de una es como el de 99. El pastor no hace cálculos. Si nosotros fuésemos ese pastor quizá no arriesgaríamos 99 por una. Gracias a Dios, el valor no nos lo damos nosotros a nosotros mismos. Nos viene dado por un pastor que considera que cada uno tiene un valor infinito.


En la segunda parábola se nos habla de una moneda perdida y de una mujer que pone todo su empeño en buscarla hasta que la encuentra. Si nosotros fuésemos esa mujer quizá nos daríamos por vencidos pronto…total, por una moneda… Sin embargo, el evangelio nos habla de alguien que no se da por vencido, que quiere recuperar lo perdido y que lo busca activamente, sin desánimo, sin descanso.


La tercera parábola le pone la guinda al evangelio. Nos da la razón por la cual todo eso que estaba perdido (la oveja, la moneda) tiene tanto valor. Nos da la razón de porqué cada uno de nosotros merecemos ser buscados sin desánimo por alguien. Nos da sólo una razón: somos hijos de un Padre que al perdernos pierde una parte de sí mismo con nosotros. Tenemos una verdad primera, una identidad que nos define más allá de todo lo que hayamos podido hacer. Un Padre que al acogernos en su casa nos ha regalado su identidad, nos ha hecho partícipes de su vida. Un Padre que es Dios, que sin imponernos nada, respetando nuestras decisiones, deja que nos perdamos hasta vernos inmersos en la miseria porque respeta al máximo nuestros tiempos y nuestra libertad y espera sufriendo con los brazos abiertos que volvamos a casa. Y para volver a casa sólo hace falta una cosa: recordar quienes somos, recordar nuestras raíces, de dónde venimos… El hijo menor recordó su casa y se dio cuenta de quien era y de lo que había perdido. Es esa memoria agradecida de nuestras raíces la que nos permite retornar a nosotros mismos, retornar a lo que somos de verdad. Es esa memoria agradecida la que permite mirarnos a nosotros mismos y descubrir que, a pesar de todo, somos amables, hay alguien que nos ama. Es esa memoria agradecida la que permite volver a casa, dejar que el Pare revista nuestra miseria con ese manto nuevo. Es esa memoria agradecida la que nos permite ser humildes: humildad, decía Santa Teresa, es andar en verdad… pues bien, ser humildes significa dejar de mirarnos a nosotros mismos para contemplar nuestra miseria para dejarnos mirar por el que puede revestirnos de Verdad. Hoy hay una fiesta en el cielo porque amando nuestra verdad, aquella con la que fuimos creados, somos capaces de amar a Dios y al prójimo. No es fácil ser cristiano, no; nadie dijo que lo fuera. Pero yo prefiero la alegría a la facilidad, la alegría del cielo…esa que dura para siempre.


Álvaro Campón