• Esclavas Carmelitas

Solemnidad de Cristo Rey, 20 de Noviembre

El evangelio que la Iglesia propone hoy para celebrar a Cristo, Rey del Universo, puede parecer en principio poco acertado, habría otros muchos pasajes que lo muestran más majestuoso, donde Jesús se ve poderoso, haciendo milagros, acallando las tormentas, siendo aclamado al entrar en Jerusalén… en cambio, se elige este evangelio de la Pasión, donde todos se burlan del crucificado, donde lo llaman con los títulos de Mesías y Rey entre sarcasmos e insultos.


Pero aquí viene la genialidad de este episodio, hay uno, el único que lo llama por su nombre, el único que con sencillez y humildad pero con una verdad total y desnuda pronuncia su nombre “Jesús”, el único que reconoce, a través de su carne entregada y herida, a un rey mayor que los de este mundo y a Dios mismo, que sufre su mismo sufrimiento.


Este “otro crucificado” experimenta esta misteriosa semejanza que Dios ha asumido para estar tan cerca de él, aquí tan abajo, en la cruz, “tan cerca de nosotros, tan cerca de mí”. Este “otro crucificado” puede decir como las tribus de Israel, que en la primera lectura, antes de reconocer a David como su rey, se dirigen a él diciendo “Hueso tuyo y carne tuya somos”. Y reconociéndose pecador, hace con humildad una petición sencilla pero grande “acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”.


El colofón es la respuesta de Jesús, que habla como un verdadero rey desde su trono: “Te lo aseguro: Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Capaz de dar tal garantía “Te lo aseguro”, Jesús habla como rey del mundo y de la historia, de la creación y el paraíso. El cuándo de su promesa es Hoy, Ahora, porque su Gracia es inmediata para los que se disponen a recibirla, y el contenido de su Gracia, de su promesa, es “estar conmigo en el Paraíso”, tenerla certeza de su presencia y su compañía así “como era en el principio”, en el plan de vida plena que Dios ha tenido desde siempre para nosotros.


Celebrar a Cristo Rey del Universo, sólo tiene sentido si lo reconozco verdaderamente como rey de mi vida, desnudando mi pobreza ante Él, dispuesto a recibir todo de su mano. Ésta es nuestra salvación.




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