• Esclavas Carmelitas

Solemnidad del Corpus Christi, 19 de Junio

Actualizado: 20 jun

El Corpus Christi está en la calle, sale a nuestro encuentro. Desde que tengo recuerdos asocio la festividad del Santísimo Cuerpo y la Sangre de Cristo a la calle: procesiones con la custodia, altares eucarísticos decorativos, hierbas frescas aromáticas, bullicio de personas, devoción a flor de piel…y, sobre todo, mucho amor al Señor. Más allá de las razones históricas y teológicas que en su momento provocaron las primeras procesiones con Jesús Sacramentado y que hace que hoy en día mantengamos estas cristianas costumbres, es ese amor al Señor, de tantos fervorosos creyentes que eran imagen de la Iglesia, el que un día se convirtió en amor del Señor por mi. Un amor de carne y hueso, hogareño, que sacia y alegra infinitamente, que sale a la calle para encontrarse conmigo, y contigo, y con todos.


En el evangelio de este domingo se nos cuenta un milagro portentoso. Ante la escasez de alimentos para satisfacer el hambre de miles de personas en necesidad, Jesús multiplica cinco panes y dos peces con los que alimentar a toda la multitud. Jesús se implica e implica a sus apóstoles. Ellos observan con realismo una verdad: se hace tarde y la gente tendrá que irse para poder encontrar alojamiento y alimento. Para el problema del alojamiento solo se les ocurre que se vayan. Para la falta de alimento solo piensan en ir a comprar más. La cuestión es que no se implican ellos mismos, buscan soluciones porque solo ven problemas. Y las personas no somos problemas. Por eso no nos bastan sólo soluciones. ¿Para qué quiero un alojamiento si me siento solo? ¿Para qué quiero comer, comprar más, si nunca sacio el hambre y la sed de mi corazón?


Jesús ve personas y, ante la dificultad, pone su persona para ayudarles. Ante la falta de alojamiento, Jesús les prepara aquel monte donde, juntos en grupos familiares, puedan experimentar, a través de la creación, el mundo como una casa común—“en grupos de unos cincuenta cada uno”—donde Dios es nuestro Padre y todos hermanos. Jesús nos aloja a todos en su Corazón. Nos da su Iglesia—su cuerpo místico—para que vivamos juntos, acojamos a todos, y seamos siempre hospitalarios. Y ante la falta de alimento, multiplica los panes y los peces que representan su propio Cuerpo y Sangre que serían entregados más adelante en el sacrificio de la Cruz y dados a su Iglesia por medio del sacramento de la Eucaristía. Es Él mismo alimentándonos con su propia persona. Recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor nos convierte a nosotros en otros Cristos llamados a hacer presente—y como un presente, es decir, como un don gratuito, no comprado—en medio de nuestras calles el amor de Dios por cada uno, especialmente los más necesitados y desfavorecidos.


Que este precioso domingo del Corpus Christi volvamos a caer en la cuenta de que Dios se ha hecho hombre para hacernos hijos de Dios. Somos hijos de carne y hueso, reales, concretos, únicos. Y Él—Jesús de Nazaret, el único Salvador—nos ama también de carne y hueso, real, palpable. En la Eucaristía encontrarás siempre un hogar—Su Corazón—y un alimento celestial—su Santísimo Cuerpo y Sangre. El Corpus Christi, contigo y a través tuya, sigue estando en la calle. Feliz domingo.


Ildefonso Fernández Fígares, sacerdote de Granada



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